Un piso de 900€ que exige 3.000€ de nómina
Exigir 3.000 euros de nómina para alquilar un piso de 900 no es, según varios participantes del debate, un capricho del casero: sería aritmética con la ley en la mano. El inmueble tiene
75 metros cuadrados, tres habitaciones y está amueblado, en una localidad a pocos kilómetros de Barcelona. Aplicando la referencia que se ha instalado en el mercado y que repiten quienes intervienen en el hilo —no destinar más del 30% de los ingresos al alquiler—, pagar 900 euros obliga a acreditar 3.000.
El desconcierto de quien buscaba piso es comprensible. Con esa nómina, dice, ni se habría fijado en un piso normalito:
«me daría para algo infinitamente más lujoso». La paradoja es que el propietario no busca a un rico, busca a alguien que no deje de pagar. Un piso de 900 negado a quien gana 2.500 suena a despropósito hasta que se mira la factura del impago.
¿Cuánto hay que ganar para pagar 900 euros de alquiler?
Tres mil euros al mes, según el criterio del 30%. La comparación que más se repite es la bancaria: un participante calcula que las entidades suelen admitir un esfuerzo de hasta el 35% de los ingresos, lo que con una nómina de 3.000 dejaría una renta de 1.050 euros. El arrendador no aplica un margen más severo que el de un banco; aplica casi el mismo. La diferencia es que aquí no se financia una compra, se paga para siempre.
La aritmética es exacta: 900 euros son el 30% de 3.000, de modo que el umbral exigido coincide con la proporción estricta. Quien defiende pedir aún más sostiene que, con esos ingresos, no habría margen para subir la renta y propone exigir 3.600 para tener colchón. Un participante pone el ejemplo de una nómina de
3.231,43 euros en 14 pagas que, aun así, cree que el propietario miraría con recelo.
El impago, el juez y los meses que no vuelven
El argumento que sostiene la exigencia no es el lujo, es el miedo. Se repite que echar a un inquilino que deja de pagar es lento y caro, que el proceso se alarga hasta que el juez decide, y que el propietario cobra tarde o no cobra. Hay quien cifra en
30.000 euros el coste de pleitear contra un inquilino con recursos, y quien sostiene que un inquilino puede dejar el piso en tal estado que resulte más barato reformarlo que pelearlo.
El blindaje tiene efecto colateral. Cada filtro que se añade reduce la exposición al riesgo y también el número de candidatos posibles. En un mercado con demanda abundante, el propietario puede permitirse descartar; en uno con oferta escasa, descartar tiene un precio.
Nómina, vida laboral e informe de cotización: el expediente completo
Una nómina se retoca en tres minutos con un teléfono. La respuesta que se propone en el hilo es pedir más papel: nómina, informe de vida laboral, informe de bases de cotización y, si el candidato es autónomo, la declaración de la renta. La lógica que se esgrime es que la nómina enseña un mes y la vida laboral enseña la estabilidad: una retribución alta con dos meses de alta en cinco años es una bandera roja.
Se han documentado casos de candidatos que manipulan sus nóminas para sortear los procesos de selección de propietarios, inmobiliarias y aseguradoras de impago, y no siempre con la picaresca inocente como excusa. A eso se suman el aval bancario y el seguro de impago. Sobre el papel, todo son garantías; en la práctica, deja fuera a cualquiera con contrato temporal o ingresos irregulares.
Dos sueldos de 1.500 mejor que uno de 3.000
Un piso de tres habitaciones no se alquila a una persona: se alquila a una unidad de convivencia. Con dos arrendatarios que respondan solidariamente, la exigencia se reparte en dos nóminas de 1.500 euros, mucho más frecuentes que una de 3.000. El resultado es un mercado que expulsa al soltero, y no solo al de ingresos bajos.
El efecto demográfico es evidente: retrasa la independencia individual y la traslada al momento en que se firma en pareja. Quien vive solo y cobra 2.000 no llega al umbral, aunque pague religiosamente. Y quien cobra 3.000 con deudas, pensiones alimenticias o créditos puede tener menos capacidad real de pago que otro con 2.000 y la cuenta saneada.
Libertad de precios, turismo y suelo: el pico ideológico
La discusión deriva rápido hacia el terreno político. Una corriente defiende que el propietario fija las condiciones de lo suyo y que el umbral del 30% no lo pone el casero, lo pone la norma que protege al inquilino frente al
desahucio, con lo que el ajuste se hace seleccionando al más solvente. Otra responde que liberalizar suelo no abarata nada: se cita Singapur, con el suelo liberalizado y precios por encima de Manhattan, y se responde que la demanda se concentra en puntos concretos, no en la Meseta.
La analogía que circula compara el mercado con coronas concéntricas: todos quieren vivir en el centro, y quien no llega acepta la siguiente corona. A eso se añade la demanda exterior, con arrendatarios y compradores de mayor capacidad de pago tensionando determinadas zonas. Nadie discute los efectos sobre la oferta; se discute cuánto pesan.
En el debate se apunta, con todas las reservas, que si los plazos judiciales y la oferta no cambian, lo previsible no es que bajen los precios, sino que se generalicen los contratos con dos titulares y el reparto de piso con nombre nuevo. El umbral del 30% seguirá empujando la nómina exigida hacia arriba cada vez que suba la renta.