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Los come-defeca usanos ya están…
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El distanciamiento entre padres e hijos adultos ya no es solo un drama privado: en Estados Unidos ha llegado a los tribunales y a los parlamentos, con leyes de visitas de abuelos en los 50 estados que chocan con la patria potestad. La economía familiar también lo nota cuando se rompen cuidados, herencias y apoyos cotidianos.
Una mujer mayor ha pedido al congresista por Florida Byron Donalds que impulse una ley para obligar a su hija a dejarle ver a su nieto. Es la cara visible de un fenómeno más amplio: padres del baby boom y de la generación X que no aceptan el corte de contacto decidido por sus hijos adultos.
En Estados Unidos, los 50 estados tienen leyes de visitas de abuelos. Casi todas permiten pedir a un juez un régimen limitado: divorcio, muerte de un progenitor o relación previa con el nieto.
La sentencia Troxel v. Granville (2000) marcó un límite. El Tribunal Supremo consideró inconstitucional que una norma estatal dejara a cualquier tercero pedir visitas sin respetar la autoridad parental. Desde entonces, forzarlas exige argumentos sólidos. No basta el deseo del abuelo.
El coste del corte familiar es económico y emocional. Los abuelos cubren horas de cuidado no remunerado, recogidas escolares y comidas. Sin ese apoyo, muchos padres reducen jornada o pagan guardería.
También se enfrían ayudas para la entrada de un piso, herencias y cuidados cuando los mayores envejecen. El corte familiar interrumpe esa red. No es solo un duelo afectivo.
Las leyes de visitas no obligan a querer. Los tribunales repiten que la patria potestad es de los padres y que el interés del menor no siempre coincide con el deseo de los abuelos.
El fenómeno ha creado terapia, grupos de apoyo y asesoría legal. La ley puede ordenar una visita. No puede reparar una relación rota. Si hay conflicto grave, conviene buscar ayuda profesional de salud mental y asesoramiento legal.
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