El Consejo de Informativos de RTVE carga contra la alfombra roja de los Goya
La retransmisión de la alfombra roja de los Premios Goya 2024 en RTVE Play ha terminado con el Consejo de Informativos del ente público firmando un comunicado y con la presentadora, Inés Hernand, respondiendo en
redes sociales. El órgano interno se pronunció sobre «lo acontecido» durante la emisión y remató el texto con un «No todo vale» que ha funcionado como detonante. De fondo queda una pregunta incómoda: quién decide qué es entretenimiento aceptable en una televisión que pagamos entre todos.
Qué dice el comunicado y cómo respondió la presentadora
El texto firmado por el Consejo apela a los
«estándares de calidad y neutralidad» que se presuponen al servicio público y da por traspasada la línea que separa el entretenimiento de lo que no debería salir en pantalla. En el fragmento difundido no se concreta qué conducta motivó la queja, pero el enfado del órgano interno es explícito. La respuesta de Hernand llegó después, en redes sociales: «me dedico al entretenimiento y sinceramente, me alegro de estar cumpliendo mi función». Traducido:
si de algo se me acusa, me declaro culpable y además me parece bien. Pocas veces se ve un choque de marcos tan limpio entre un órgano de control interno y una cara delante de la cámara.
Qué pasó en la alfombra roja para que se firmara ese comunicado
El momento más citado es el trato que la presentadora dispensó al presidente del Gobierno durante la emisión, al que se dirigió en varias ocasiones con un apelativo que algunos comentarios han calificado de mal gusto. La defensa que circula es que ese apodo nació como meme, que se explotó durante una campaña electoral y que el propio presidente lo ha asumido con humor en la presentación de un libro. Las dos cosas pueden ser ciertas —el apelativo existe y se usó— y, aun así, no encajar bien en un ente que se financia con dinero público y que presume de neutralidad. Ahí está el nudo, y de ahí no se ha movido nadie.
«No es magia, son tus impuestos»: el argumento económico
El reproche que más se repite no es deontológico, es contable. La factura de RTVE no la paga un suscriptor, la paga el contribuyente, y eso eleva el listón que se le exige. La comparación con la BBC aparece sola en cuanto se discute el modelo, casi siempre para salir mal parada la española. Quien defiende el entretenimiento como función legítima del medio responde que una televisión pública también compite por audiencia y que el protocolo no es su único cometido: si se la quiere evaluar como servicio público, habrá que aceptar que entretenga. El desacuerdo no se resuelve con datos porque cada parte da por bueno el suyo.
Del vídeo viral al perfil personal: cómo ha derivado el caso
Pasada la primera oleada, el foco se desplazó del directo a la biografía. La presentadora ha relatado públicamente una infancia difícil y la ruptura con sus padres, un relato que reabrió el asunto con otro tono: el de si la industria premia la provocación porque vende o si los personajes son el producto inevitable de un sistema que lleva décadas alimentando el formato. En paralelo circulan afirmaciones sobre su entorno familiar y sus contactos que se lanzan sin prueba y que conviene leer como lo que son, acusaciones sin verificar. En medio, un mensaje suyo pidiendo donativos para ayuda humanitaria en Gaza que algunos comentarios del hilo interpretaron como un giro más.
El caso dejó de ser una polémica televisiva y pasó a ser un expediente biográfico.
La teoría de la telebasura: décadas de entrenamiento
Hay una lectura más larga, la que no se queda en una noche. Sostiene que el problema no es una presentadora concreta, sino el ecosistema que la ha aupado: años de formatos donde el exabrupto puntúa y la provocación se paga sola. Bajo ese prisma, el comunicado llega tarde y señala al síntoma, no a la causa. La respuesta a esa tesis también tiene recorrido: si la audiencia premia lo que luego se censura, el reproche debería dirigirse al modelo completo y no a quien simplemente ejecuta lo que el formato pide.
Entretenimiento sí, pero no a cualquier precio
El verdadero debate, el que sobrevive a los vídeos virales, es qué se contrata con dinero público. Una parte sostiene que el entretenimiento es una función legítima y que confundir entretenimiento con neutralidad es no haber entendido el medio. Otra responde que quien cobra del erario no puede tratar al presidente del Gobierno como si estuviera en un late night de pago. Entre esos dos extremos cabe casi cualquier cosa, y esa es exactamente la queja: que el criterio no está fijado por escrito en ningún sitio, solo reacciones cuando el vídeo ya se ha compartido diez mil veces.
Que el comunicado se quede en papel mojado es perfectamente posible y, a juzgar por precedentes, hasta probable. Si hay salidas dentro de la corporación, el ente habrá fijado por la vía de los hechos dónde pone el límite, y ese precedente valdrá más que cualquier manual de estilo. Si no las hay, la próxima gala volverá a tensar la misma cuerda y nadie se acordará de este texto.
Con lo que hay sobre la mesa, la segunda opción es la apuesta más razonable.