El castor ha vuelto a España, pero no a todas partes por igual
En los últimos días, han circulado informes sobre avistamientos de castores en las cuencas del Ebro, Tajo y Guadalquivir. La discusión sobre la reintroducción de esta especie, extinta en España desde hace siglos, se ha reavivado. Una noticia publicada en arelianews.com detalla el plan de reintroducción masiva en varios países, no solo España. Pero, ¿qué hay de cierto?
Mientras se destinan millones de euros a demoler cientos de azudes —muchos de ellos construidos durante el franquismo— para renaturalizar los ríos, el castor aparece como el ingeniero natural que logra lo mismo gratis. Sus presas ralentizan el agua, crean humedales y favorecen la biodiversidad. La ironía no pasa desapercibida: se invierte en derribar barreras artificiales mientras el roedor las reconstruye con ramas y barro.
El debate, sin embargo, tiene un trasfondo político. Algunos señalan que la crítica a los azudes no es ecológica, sino ideológica: muchos se erigieron en la época de Franco y su eliminación se ha convertido en un símbolo. El castor, en cambio, no entiende de ideologías.
Pero no es una novedad absoluta. En Pamplona, los castores llevan años establecidos. La vuelta del castor a España es un hecho, pero su expansión real y los efectos sobre la gestión fluvial aún están por verse.