Vito Quiles no entra en la UAB y su acto acaba en refriega
El periodista Vito Quiles, vinculado a un medio digital, tenía previsto intervenir en la Universitat Autònoma de Barcelona. No llegó a entrar. Un grupo de estudiantes le bloqueó el acceso y el acto derivó en una trifulca con saludos fascistas y gritos contra el presidente del Gobierno, según los testimonios que circularon por redes. La escena, grabada y difundida a toda velocidad, se convirtió en un nuevo capítulo de la guerra cultural española: unos vieron un ataque a la libertad de expresión; otros, una provocación buscada.
Qué pasó en la UAB
La secuencia es conocida: Quiles se presentó en el campus para dar una charla que, según varios mensajes, no contaba con autorización universitaria. Un grupo de estudiantes, descrito en las redes por un usuario como «una poderosa falange de indepes», le cerró el paso. No hubo conferencia. Hubo forcejeo, cánticos y una retirada. El propio Quiles no pudo ni acercarse al edificio, según relató el periodista Julián Macías Tovar, que añadió que sus seguidores protagonizaron saludos fascistas y gritos de «Pedro Sánchez hijo de puta». La universidad, como institución, quedó en segundo plano: el foco se lo llevó la refriega.
Dos relatos para un mismo vídeo
La interpretación del suceso depende del cristal con que se mire. Para el entorno del periodista, fue un ataque a la libertad de expresión en una universidad pública. El periodista Javier Negre lo calificó de «vergonzoso» y lo enmarcó en un supuesto déficit de libertad y normalidad en Cataluña. Para sus críticos, Quiles fue a provocar y el resultado era previsible. «Vito solo fue a provocar, debería ir a la universidad, pero a terminar sus estudios», escribió Macías Tovar. La discusión derivó, como casi siempre, hacia el terreno de los bandos: los mismos que ayer defendían una cosa hoy defienden la contraria.
El pueblo ha despertado (según algunos)
El mensaje inicial del hilo lo dejaba claro: «España ha despertado. Respuesta masiva del pueblo. Prietas las filas». Una formulación que, en el contexto, sonaba más a deseo que a diagnóstico. Porque el «pueblo» que describían los mensajes no era exactamente el pueblo: era un grupo de estudiantes enfrentados a otro grupo de estudiantes, con la universidad como telón de fondo. «¿Pueblo? ¿Qué pueblo? Yo solo veo neonazis de un tipo contra neonazis de otro», resumía una de las respuestas. La frase, incómoda, retrataba mejor que cualquier análisis la sensación de callejón sin salida.
La universidad como campo de batalla
El episodio de la UAB no es un caso aislado. En el material aparecen referencias a Charlie Kirk, el activista estadounidense asesinado, y a su estrategia de debates universitarios. «Lo que hacía Charlie Kirk en las universidades de Estados Unidos (debatir con el que piensa diferente) no es posible en España porque la extrema izquierda no tolera la opinión crítica», sostenía un mensaje. La comparación, sin embargo, tiene trampa: Kirk contaba con permisos y montaba eventos organizados; aquí, según varios testimonios, no había autorización. La diferencia no es menor.
El negocio de la provocación
Más allá del rifirrafe, late una pregunta incómoda: ¿a qué fue Quiles a la UAB? La respuesta más cínica es también la más plausible: a buscar el choque. Un acto sin permiso, en un campus con tensiones conocidas, garantiza vídeo, titular y rédito político. «Vito solo fue a provocar», insistían desde el otro lado. Y funcionó: el episodio generó decenas de mensajes, tuits y solidaridades varias. La libertad de expresión, esa que todos invocan, quedó en un segundo plano mientras las cámaras grababan el empujón.
Al final, el dato que descoloca no es quién ganó la refriega, sino quién perdió: la universidad como espacio de debate. Porque si para dar una charla hace falta un cordón policial y para impedirla basta un grupo organizado, el problema no es Quiles. Es el resto.