México, China y el ejército de EEUU: la pugna por el patio trasero
Washington no admite competencia en su frontera sur. Las palabras que se atribuyen al senador estadounidense John Kennedy —sin EEUU, México comería comida para gatos en lata y viviría en una tienda de campaña— han servido de detonante a una conversación que mezcla geopolítica, historia virreinal y una pregunta incómoda: ¿qué margen real tiene
México para elegir socio? El asunto de fondo no es comercial. Es de soberanía.
Qué dijo el senador John Kennedy sobre México
La frase que ha encendido los ánimos aparece citada en una publicación que replica declaraciones políticas: sin el pueblo de América, México estaría comiendo comida de lata para gatos y viviendo en una tienda en el patio trasero. Así se reproduce. Quienes comentan el texto lo leen como una humillación más dentro de una relación asimétrica, y algunos añaden que no es un exabrupto aislado, sino la lógica de quien considera al vecino un subordinado. Otros responden que el problema no es la retórica, sino la costumbre de tolerarla.
El plan de llevar el ejército de EEUU a territorio mexicano
El mensaje que abre la conversación sostiene que Washington pretende desplegar su ejército en México con la excusa de luchar contra los cárteles y, de paso, quedarse con el país. Es una afirmación atribuida, no un anuncio confirmado. Sobre esa base se despliega un argumento más incómodo: que EEUU no tendría capacidad de imponer nada a una Europa que dejara de actuar como subordinada, y que su poder se sostiene precisamente en esa sumisión. La conclusión que se repite es incómoda para Bruselas: nadie obliga a nadie, y el seguidismo es una elección.
México, los BRICS y el comercio que unía Asia con América
Una de las líneas más repetidas apunta a que México está coqueteando con los BRICS y a que eso Washington no puede permitirlo. De fondo late un argumento histórico con tirón: que el virreinato de Nueva España fue uno de los territorios con salarios más altos del mundo y que México fue el centro del comercio global hispánico, con la ruta que unía
China, Filipinas, Acapulco, Veracruz, Cuba, Puerto Rico y Europa. De ahí se extrae que a EEUU no le interesa un México próspero. La cita atribuida al estratega Zbigniew Brzezinski —«no queremos un Japón al sur de la frontera»— se usa como prueba de esa lógica, y se añade que si el país conectara con China, Indonesia o Filipinas el equilibrio regional cambiaría de golpe.
La leyenda negra y el rechazo antihispano que describen quienes viajan al país
Aquí el terreno es resbaladizo. Se sostiene que en México se ha multiplicado en los últimos cinco años un nacionalismo antihispano, alimentado desde el discurso político y desde la escuela, y que la etiqueta latina sustituye a la hispana porque evita nombrar a España. Quien asegura llevar veinte años acudiendo al país afirma que el fenómeno se ha acelerado, y señala al discurso del presidente Andrés Manuel López Obrador —con un respaldo que sitúa en el
60%— como uno de sus motores. Enfrente, otra corriente responde que el hispanismo es hoy una utopía y que quien coloniza de verdad la región no viene de Madrid, sino de Pekín y de los gobiernos que se pliegan a ella. La disputa sigue abierta.
Fentanilo, cárteles y responsabilidad compartida
Se afirma, sin prueba alguna que lo respalde, que China fabrica todo el fentanilo que consume EEUU y lo distribuye a través de los cárteles mexicanos; el señalamiento se extiende a teorías sobre las vacunas que carecen de respaldo científico. Frente a eso, otra parte sitúa el origen del problema en el consumo y en la prescripción médica dentro de EEUU, y recuerda que la criminalización no lo ha resuelto. El modelo que se invoca es el salvadoreño: se argumenta que con voluntad política el tráfico se desarticula de un plumazo, pero hay que querer hacerlo. Ahí es donde la discusión sobre una intervención militar choca con la del consumo interno.
Qué se juega Europa en todo esto
Menos de lo que parece, según una parte de los mensajes. La tesis que circula es que la sumisión europea, y en particular la española, alineada con la potencia anglosajona, no responde a amenazas reales sino a falta de voluntad. Se llega a plantear que, cuando el dólar pierda fuerza, el flujo migratorio cambiará de dirección y serán estadounidenses quienes crucen la frontera hacia el sur. Es una hipótesis, no un dato, pero ordena buena parte del enfado.
¿Se puede prever el desenlace? Difícil. Si la presión estadounidense crece, lo probable es que México acelere su acercamiento a Pekín en lugar de frenarlo, aunque también cabe que el miedo a las represalias comerciales lo devuelva al redil. Lo único que parece asentado es que el dólar ya no funciona como argumento único en esta conversación.