Neumáticos duros y 105 km/h: la receta contra la gasolina
Un Golf 1.6 de gasolina, 35 kilómetros de autovía y un techo de 80 km/h por obra o por tráfico. Resultado: 4,6 litros a los 100. La media del mismo coche, en trayectos normales, rondaba los 5,5. La diferencia no la marcó ningún aditivo: el aire acondicionado solo en las bajadas, usado como freno motor, ventanillas subidas por encima de 30 km/h y el pedal arriba en cuanto la carretera empezaba a caer. Con el acelerador suelto, los motores de inyección moderna dejan de inyectar. Esa es la primera lección de una
economía de guerra que se está cociendo en los desplazamientos diarios: menos pisar, menos gastar.
¿A qué velocidad conviene circular para gastar menos?
Depende del coche, y esa es la única respuesta honesta. La horquilla que más se repite sitúa el punto dulce entre los 90 y los 110 km/h, con el motor rondando las 2.000 vueltas, que en un gasolina atmosférico moderno suele ser el entorno del par máximo. Hay quien fija la referencia en
105 km/h y quien la sube a 110. Por debajo, la resistencia del aire cae; por encima, se dispara. La frontera donde la aerodinámica empieza a cobrar peaje se sitúa entre los 70 y los 90 km/h, según el coeficiente de cada carrocería.
Poner todo el peso del
ahorro en el velocímetro es un error: los desarrollos de la caja mandan. En un mismo coche, 2.000 vueltas pueden ser distintas velocidades según la marcha:
- 2.000 vueltas en cuarta: 85 km/h
- 2.000 vueltas en quinta: 105 km/h
- 2.000 vueltas en sexta: 120 km/h
Dos berlinas de dos litros pueden llevarse 600 vueltas de diferencia a la misma velocidad solo porque una tiene las marchas más largas. Y en los motores de gasolina antiguos el par máximo puede llegar a las 4.000 vueltas, así que conducir «bajo de vueltas» tampoco sale gratis. Ir «pisando huevos» a 90 km/h es una estrategia, no una ley física.
El punto muerto y el freno motor: dónde se cuela el error
La creencia de que bajar un puerto en punto muerto ahorra gasolina es falsa, y además elimina dos redes de seguridad. Con una marcha engranada y el pedal suelto, el motor gira arrastrado por las ruedas y
la inyección se corta por completo: consumo cero. Al poner punto muerto, el motor necesita quemar combustible para no calarse, se pierde el freno motor y se pierde tracción. La recomendación que circula es la contraria: reducir para frenar, anticiparse a la carretera y aprovechar el aire acondicionado como freno adicional en las cuestas descendentes. La previsión —mirar varios coches por delante— ahorra más que cualquier truco de pedal.
¿De verdad funciona el rebufo de los camiones?
Aquí el disenso es total. Un repartidor con furgoneta grande asegura haber pasado de
10 a 7 litros por autovía pegándose a los camiones, y no es el único que defiende la maniobra: quien la ha probado con camión detrás de camión sostiene que la mejora existe, porque el vehículo entra en la zona de baja presión que genera el remolque. En contra, hay cálculos que rebajan el premio a
0,2 litros cada 100 kilómetros, unos 40 céntimos. Y solo si se circula a menos de cinco metros. A esa distancia, la ganancia se paga en margen de reacción.
Hay también quien apunta que el efecto apenas sirve para un turismo —la aerodinámica de un coche es mucho mejor que la de un camión— y que el ahorro atribuido al rebufo es, en realidad, el de bajar a 90 km/h. La zona turbulenta funciona; el problema es a qué precio.
Presión de neumáticos, GLP y otras medidas de taller
Con menos épica, hay medidas que sí se sostienen. Subir la presión de los neumáticos —hasta la recomendada para carga máxima, o
0,3 bares por encima de lo habitual— reduce la resistencia a la rodadura. Poner el climatizador en modo eco. Y para quien hace kilómetros con un gasolina Euro 3 o superior, pasarse al GLP, aunque el consejo incluye hacerlo en instalaciones solventes y añadir flashlube o microgotas de gasolina para no recalentar la culata y cargarse las válvulas. A ritmo tranquilo, ese riesgo se diluye.
La lista incluye algún clásico de sobremesa: llenar siempre el depósito para reducir la evaporación del combustible, o echar siempre veinte euros para no tentar al pie derecho.
Del coche a la bici: el ahorro que no se discute
Ninguna de las recetas anteriores supera a la más obvia: dejar el coche parado. Ir andando con el carrito a la compra, teletrabajar o trabajar cerca de casa, tirar de bici o patinete para trayectos cortos. La bici eléctrica se ha colocado como la opción más repetida, con precios que rondan los
1.300 euros en las tiendas online. Aquí la conversación se enreda en un asunto menos técnico: si la bicicleta es medio de transporte o solo un deporte, y si gastar en una eléctrica es ahorro o capricho. También hay quien se ahorra el viaje entero viviendo a un cuarto de hora del trabajo, aunque cuando el empleo está a 50 kilómetros eso ya no es una decisión de tráfico, sino de vida.
El cálculo descorazona. Con todas las precauciones, el rebufo rentable exige ir a menos de cinco metros de un camión para arañar 40 céntimos cada 100 kilómetros. La medida más eficaz que se ha puesto sobre la mesa sigue siendo la que no consume nada: no arrancar.