El relato nostálgico de los 90: salarios, ocio y el fin de una época
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que España parecía un país en construcción permanente. Según un mensaje del debate, un médico podía ganar **un millón de pesetas al mes** en 1997, una familia llenaba el carro de la compra con 15.000 pesetas y una comilona para veinte personas costaba 35.000. Ese es el relato que domina la nostalgia de los años 90, una década que muchos consideran la última en que este país fue algo parecido a un lugar próspero y optimista. El problema es que aquel paraíso tenía letra pequeña: ruido, accidentes, humo y una economía sumergida que hoy sería impensable.
¿Qué se añora realmente de los años 90?
La nostalgia no es unánime. Hay quien sostiene que los 90 fueron la última década en que España podía considerarse un país más o menos independiente, con una clase media que miraba al futuro con optimismo. Otros, en cambio, recuerdan los 80 como una época aún más auténtica, antes de la globalización salvaje que lo cambió todo. La fecha clave que se repite es **el 11 de septiembre de 2001**, cuando el optimismo se fue al carajo, y **el 11 de marzo de 2004**, cuando España cambió de régimen por la puerta de atrás.
Pero la nostalgia tiene trampa. Como señala un análisis incisivo, «tú no echas de menos la época pasada, lo que echas de menos es tu juventud». Es una frase que desmonta gran parte del relato. Los 90 no eran mejores porque sí; eran mejores porque uno era joven, porque las discotecas estaban llenas, porque se ligaba en el bus y porque el ocio era más sencillo y más barato. Hoy, con el Euríbor disparado y la vivienda por las nubes, aquel mundo parece un paraíso perdido.
El coste real de la nostalgia: pesetas contra euros
Los números que se manejan en el debate son contundentes. Una familia de cuatro miembros necesitaba **15.000 pesetas** para llenar el carro de la compra a finales de los 90. Hoy, esa misma familia necesita gastar **1.000 euros al mes** solo en alimentación si quiere comer mínimamente sano. La conversión es brutal: lo que antes costaba 90 euros ahora cuesta más de 1.000. Y no es solo la comida. Una comilona para quince o veinte personas costaba **35.000 pesetas** (unos 210 euros). Hoy, con 200 euros, comes de dos a cuatro personas.
El diferencial no es solo de precios, es de oportunidades. En los 90, la construcción iba como un cohete y quien no estudiaba se empleaba fácil en las obras. Los salarios de profesionales cualificados eran demenciales: según un mensaje, un ingeniero aeronáutico podía ganar **un millón de pesetas al mes** en 1997, el equivalente actual a 18.000 o 20.000 euros. Hoy, ese mismo profesional cobra una fracción de eso. La economía sumergida, los módulos de Hacienda y los pagos en B eran la norma. Nadie preguntaba de dónde salía el dinero.
El ocio, la seguridad y el ruido de una época irrepetible
La nostalgia también idealiza la seguridad. Se dice que en los pueblos los críos salían a la calle sin peligro, que la delincuencia era inexistente y que como mucho te encontrabas con yonkis inofensivos. La realidad era más cruda: había accidentes de tráfico mortales, se conducía tajado y las calles olían a humo. «Si dormías en verano con la ventana abierta, te despertaban las motos a todo trapo», recuerda un mensaje. No había cultura del silencio.
El ocio era distinto, no necesariamente mejor. Se salía a bares y discotecas, se fumaba más y se bebía más. Había menos variedad, pero más libertad. «Podías opinar o hacer gracia de algo sin problemas de censura o linchamiento», sostiene un participante. La sociedad era más homogénea, más española de verdad, y no había luchas entre hombres y mujeres. Eso sí, el feminismo ya existía, aunque no se llamara así.
El 11-M y el fin del optimismo
El punto de inflexión que más se repite es el 11-M. Para muchos, aquel atentado supuso el fin del Régimen del 78 y el inicio de una decadencia irreversible. «El 11-M fue también consecuencia del 11-S», argumenta un mensaje. Aznar se hizo la foto con Bush y Blair, nos mandó a Irak y luego vino la factura. Otros lo niegan: «No hubo mártires en el 11-M, ni un suicida». La teoría de la conspiración planea sobre el debate, pero nadie la respalda con pruebas.
Lo que sí parece claro es que algo se rompió. La llegada de Zapatero, la Ley de Violencia de Género y el guerracivilismo reabierto acabaron con la igualdad entre españoles. «Nos apartamos de Dios y dimos todo por sentado», sentencia un mensaje. El optimismo murió y nunca volvió.
La nostalgia de los 90 es, en el fondo, la nostalgia de una juventud que no volverá. Los datos económicos son tozudos: los salarios eran mejores, la vida era más barata y el futuro parecía más prometedor. Pero aquella España también tenía ruido, humo y una economía sumergida que hoy sería delito. ¿Merecía la pena? Depende de a quién le preguntes. Lo que nadie discute es que aquel país nos lo han robado y nunca volverá.