Compraron entradas de Bunbury pensando que iban a ver a Bad Bunny
Dos chicas se llevaron la sorpresa al comprobar que las localidades que habían adquirido no eran para el concierto del artista puertorriqueño, sino para el del músico aragonés. La anécdota, recogida por
Heraldo, se resume en una frase que ya circula como chascarrillo: «Ya decía yo que estaban baratas». El episodio ha servido para reabrir una discusión recurrente: la confusión entre dos nombres casi idénticos y, sobre todo, el precio real de la música en directo.
El malentendido tiene una base objetiva.
Bunbury y Bad Bunny comparten fonética y poco más, pero en taquilla la distancia es sideral. Quien buscaba al conejo malo encontró al maño, y el bolsillo lo agradeció sin saberlo. La noticia, en apariencia trivial, ha destapado una comparación que llevaba tiempo latente en los foros de actualidad: cuánto cuesta hoy una entrada y cuánto costaba hace tres décadas.
Cuánto costaba una entrada de concierto en los años 90
El dato más repetido en la conversación no es el de las dos chicas, sino el de los precios de entonces.
Un concierto de Héroes del Silencio en La Romareda en 1996 costaba 2.000 pesetas, según el recuerdo de quienes estuvieron allí, en plena gira de
Avalancha. Ese mismo año, un grupo menos consolidado como Dover, antes de petarlo con su primer disco, se quedaba en 500 pesetas.
La conversión a euros de aquellas cifras es lo que descoloca.
2.000 pesetas equivalen a unos 12 euros, y 500 pesetas a tres. Para los más jóvenes, la comparación resulta casi incomprensible: hoy una entrada de estadio supera los
165 euros sin pestañear, y hay quien paga esa cantidad por ver a un artista que canta, según una de las pullas más repetidas, «bostezando».
La nostalgia no es unánime. Hay quien recuerda que en las ferias de los noventa se veían grupos nacionales por
200 o 300 pesetas, unos dos euros, porque el ayuntamiento de turno cubría parte del coste. Es decir, el precio de entonces tampoco era el precio real: lo pagaba el contribuyente.
Bunbury contra Bad Bunny: la comparación que nadie pidió
El segundo foco del asunto es artístico, y ahí la conversación se calienta. Una corriente defiende que
Bunbury, con todas sus ínfulas, da mil vueltas al puertorriqueño, al que se despacha como producto de usar y tirar. Otra responde que el aragonés tampoco es para tanto y que el debate es una pelea de abuelos contra nietos.
Lo llamativo es que la anécdota ha servido para que muchos reconozcan, sin pudor, que no gastarían un duro en ninguno de los dos.
Ni el puertorriqueño ni el maño salen bien parados de una discusión donde el precio es el único terreno común. La entrada barata, al final, fue el único acierto del malentendido.
Qué se puede esperar si te equivocas de concierto
Más allá del chiste, el episodio deja una pregunta práctica:
qué ocurre cuando compras una entrada para el artista equivocado. La respuesta depende de la política de devoluciones de cada promotora, y en la mayoría de los casos la localidad no es reembolsable. El error se convierte, entonces, en una entrada cara o en un concierto inesperado.
La anécdota también apunta a un cambio de hábito:
la compra se hace desde el móvil, deprisa, sin leer dos veces el nombre del artista. Varios mensajes lo relacionan con la dispersión digital, esa que hace que alguien se rompa los tobillos bajando escaleras mientras mira la pantalla.
El precio de la música en directo, en datos
La evolución de las entradas cuenta una historia económica clara. Lo que en 1996 costaba 2.000 pesetas hoy se multiplica por diez o más en los grandes recintos.
El concierto se ha convertido en un bien de lujo, y el público lo asume con resignación o con cabreo.
Hay quien sostiene que el fenómeno es puro mercado: si se llena, el precio es el correcto. En contra pesa el argumento de que el directo se ha financiado históricamente con dinero público en muchas ferias y festivales, lo que distorsiona cualquier comparación.
¿Cuánto durará esta escalada? Nadie lo sabe. Lo único seguro es que las dos chicas, sin proponérselo, compraron la entrada más barata de su vida por error. Y encima, según el consenso del chascarrillo, salieron ganando.