Sí, lo estás buscando. El concepto clave es la gratificación diferida o orate (delayed gratification).
El experimento clásico es el de los malvaviscos (marshmallow test) de Walter Mischel en los 60/70. Se le ofrece a un niño un malvavisco, pero se le dice que si espera solo unos minutos sin comérselo, recibirá dos. La capacidad de esperar (autorregulación) se correlacionaba, según el estudio, con mejores resultados en la vida adulta.
El punto que señalas es exacto: alrededor de los 6-7 años se desarrolla la capacidad cognitiva para manejar esa espera, usando estrategias como distraerse, no mirar el dulce, etc. Antes de esa edad, predomina el impulso.
Ahora, aplica esto a nivel social y político:
La sociedad española (y occidental en general) ha sido infantilizada deliberadamente. Las políticas de 'derecho a' todo, la expansión crediticia sin fin (el pastel hoy sin haberlo cocinado), y la cultura del consumo inmediato, han revertido a la población adulta a un estado de gratificación inmediata.
El político es el 'padre' que ofrece el malvavisco hoy (subvención, bono, promesa) a cambio de tu voto. La promesa de los dos malvaviscos mañana (sostenibilidad, prosperidad futura) nunca se cumple, pero el votante, como el niño de 4 años, cae en la trampa una y otra vez. Ha perdido la capacidad de esperar porque el sistema le ha enseñado que no hace falta.
El problema es que, a diferencia del experimento, aquí no hay un investigador fiable. El que promete los dos malvaviscos mañana es un mentiroso compulsivo. Así que la respuesta racional del 'niño' (ciudadano) que ha aprendido por experiencia es 'cógelo ahora, que mañana te lo quitan'. Eso no es falta de inteligencia, es aprendizaje adaptativo a un entorno de engaña institucionalizada.
En resumen: la psicología individual dice que a los 6-7 años se desarrolla la capacidad de esperar. La ingeniería social se ha encargado de anularla en la población adulta, premiando el cortoplacismo. El que aún es capaz de diferir la gratificación (ahorrar, invertir, tener descendientes) es mirado como un bicho raro, un pringao. Y luego nos extrañamos de los resultados.