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Las cuentas galanas de 1936
SANTOS JULIÁ
5 ABR 2017 - 10:24 CEST
(imagen visible para usuarios registrados)Ampliar fotoUn grupo de trabajadores celebra el triunfo del Frente Popular en las elecciones de 1936. EFE
Con gran fanfarria ha saludado la más rancia derecha la supuesta demolición de un tabú que estaría oculto, como aseguran los autores de tan estupenda hazaña, “por montañas de sombras y mentiras”, a saber, que el Frente Popular ganó por mayoría absoluta las elecciones de febrero de 1936 solo gracias a un “embeleco decisivo”. Tras años de trabajo realmente ímprobo sobre las actas de las mesas electorales, Álvarez Tardío y Villa se presentan como debeladores de un embeleco cometido en un clima de violencia por el Frente Popular. Su supuesta victoria en las urnas habría servido para otorgar legitimidad a un cambio de Gobierno sostenido exclusivamente en la decisión personal del jefe del Estado: tal es el nudo del argumento desarrollado en este libro.
De manipulación de actas electorales en varios distritos se habló desde los mismos días del proceso electoral, y de embeleco ya decidió una comisión de eximios juristas del antiguo régimen, montada por Ramón Serrano Suñer en diciembre de 1938, en su dictamen sobre “la ilegitimidad de los poderes actuantes el 18 de julio de 1936”. Y al embeleco dedicó Javier Tusell un capítulo de su estudio sobre estas elecciones, pionero en el género; o sea, que de tabú nada, sino más bien lugar común; como tampoco era tabú el recuento y análisis de actos de violencia política y policial que acompañó todo el proceso y continuó en las semanas siguientes, objeto de recientes y excelentes estudios de Rafael Cruz o Eduardo González Calleja.
Todo en el libro es conocido salvo el carácter decisivo de la manipulación de actas en media docena de distritos
Todo, pues, conocido y trabajado si se exceptúa el carácter decisivo —en el sentido de inclinar la mayoría absoluta a una de las dos supuestas coaliciones en fruta— de la manipulación de actas que tuvo lugar en media docena de distritos electorales. Y es lástima que para demostrar dónde y cuándo se produjo esa decisiva influencia, Álvarez Tardío y Villa no hayan sentido la necesidad de argumentar sobre cuál de las diversas candidaturas lideradas por la CEDA habría dejado sentir sus efectos ese embeleco hasta convertir a una de ellas en mayoritaria. Lástima porque, tras su original indagación en las actas, han optado por la más engañosa vía posible: agregar los resultados de todas las candidaturas en las que figuraba la CEDA como si se tratara de un frente o coalición, un bloque, una concentración de partidos, términos reiterados una y otra vez para identificar la inexistente candidatura de lo que llaman coalición antirrevolucionaria.
No fue así y, especialistas como son en el estudio de elecciones, lo saben de sobra. Cierto, en la izquierda no quedó nadie, desde comunistas hasta republicanos de centro, sin integrarse en el Frente Popular. Pero los candidatos aquí identificados como constituyendo un bloque, un frente, una coalición o una concentración antirrevolucionaria estaban muy lejos de haber alcanzado un acuerdo, ni firmado un programa o un manifiesto, que les permitiera presentarse como formando parte de una candidatura única de la que habría de salir un Gobierno. Más bien ocurrió lo contrario, y el mismo Gil Robles se encargó de aclararlo cuando proclamó en el Monumental Cinema de Madrid que los compromisos de la CEDA con “el partido o la fuerza que sea… no vivirán ni un día más allá del compromiso electoral”.
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Al haber agregado datos electorales —al haber mezclado churras con merinas, por decirlo coloquialmente— dando por existente un bloque de derechas enfrentado a un frente de izquierdas, distanciados solo por unos miles de votos, los autores argumentan que, al producirse tachaduras y correcciones de actas en media docena de distritos, la mayoría absoluta que debía haber ido al bloque de derechas fue para el de izquierdas. Pero esto no pasa de ser una lucubración que dice poco en favor de su pretendida neutralidad valorativa, porque no ya 300 fruta, como gritaban los jóvenes católicos fascistizados, ni siquiera 200 habría alcanzado ninguna de las coaliciones lideradas por la CEDA. A no ser, claro está, que se sumen centristas, radicales, conservadores, liberaldemócratas, agrarios, alfonsinos, tradicionalistas y tutti quanticomo formando parte de una sola candidatura con tal de que en ella hubiera además alguien de la CEDA: una forma muy galana de sacar cuentas.
- (imagen visible para usuarios registrados)Recomienda en Librotea ‘1936. Embeleco y violencia en las elecciones del Frente Popular’, de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa.
Y así, con esa galanura, vuelven los autores a echar sobre Alcalá Zamora la culpa de haber “legitimado a posteriori” el triunfo del Frente Popular al encargar antes de tiempo la formación de Gobierno a Manuel Azaña. Ah, si hubiera esperado a la reunión de Cortes… Por supuesto, con contrafactuales se puede argumentar cualquier cosa, pero ante la espantada de Portela y la fuga de Gil Robles, y a la vista de los resultados electorales firmes y hechos públicos por las respectivas juntas hasta la mañana del 19, Alcalá Zamora no tenía más opción que llamar a su Azaña bien odiado. Ante el cantado triunfo del Frente Popular y los rumores y amenazas, también cantadas, de rebelión militar, a nadie encontró dispuesto a hacerse cargo del Gobierno. ¿Qué podía hacer sino implorar a Manuel Azaña que le sacara las castañas de un fuego que él mismo había encendido y atizado?
Hace mal el "fabulador" panfletero Santos Juliá de citar a Alcalá Zamora en su intento de desacreditar la magnífica obra de Álvarez Tardío y Villa. Y lo es porque hace unos 80 años ya, Alcalá Zamora ya lo decía en "El Journal de Gêneve", concretamente en un artículo publicado el dia 17 de enero de 1.937. Los bravos historiadores lo único que han hecho es corroborar lo que ya alertó el ex-Presidente de la República.
“Los comienzos del Frente Popular”
Journal de Généve", 17 de enero de 1.937.
«… Las primeras siete semanas del «Frente Popular» fueron las últimas de mi presidencia, desde el 19 de febrero al 7 de abril de 1.936, con el Ministerio Azaña. Durante cierto período, uno de los Poderes del Estado, el que yo ejercía, escapaba todavía al «Frente Popular». Durante los cien días que siguieron y que precedieron a la guerra civil, la ola de anarquía ya no encontró obstáculo. La táctica del «Frente Popular» se desdobló. En las Cortes se atrevió a todo; en el Gobierno quedaba débil, pero provocadora.
«El «Frente Popular» se adueñó del Poder el 16 de febrero gracias a un método electoral tan absurdo como injusto, y que concedió a la mayoría relativa, aunque sea una minoría absoluta, una prima extraordinaria. De este modo hubo circunscripción en que el «Frente Popular», con 30.000 votos de menos que la oposición, pudo, sin embargo, conseguir diez puestos más en cada trece, sin que en ningún sitio hubiese rebasado en un 2 por 100 al adversario más cercano. Este caso paradójico ge bastante frecuente.
«Al principio se creyó que el «Frente Popular» resultaba vencido. Pero cinco horas después de la llegada de los primeros resultados, se comprendió que las masas anarquistas, tan numerosas y que hasta entonces se habían mantenido fuera de los escrutinios, habían votado compactas. Querían mostrar su potencia, reclamar el precio de su ayuda: la paz y, tal vez, la misma existencia de la Patria.
«A pesar de los refuerzos sindicalistas, el «Frente Popular obtenía solamente un poco más, muy poco, de 200 actas, en un Parlamento de 473 Fruta. Resultó la minoría más importante, pero la mayoría absoluta se le escapaba. Sin embargo, logró conquistarla, consumiendo dos etapas a toda velocidad, abusa todos los escrúpulos de legalidad y de conciencia.
«Primera etapa: Desde el 17 de Febrero, incluso desde la noche del 16, el «Frente Popular», sin esperar el fin del recuento del escrutinio y la proclamación de los resultados, la que debería haber tenido lugar ante las Juntas Provinciales del Censo en el jueves 20, desencadenó en la calle la ofensiva del desorden: reclamó el Poder por medio de la violencia. Crisis; algunos Gobernadores civiles dimitieron. A instigación de dirigentes irresponsables, la muchedumbre se apoderó de los documentos electorales: en muchas localidades los resultados pudieron ser falsificados.
«Segunda etapa: Conquistada la mayoría de este modo, ge fácil hacerla aplastante. Reforzada con una extraña alianza con los reaccionarios vascos, el «Frente Popular» eligió la Comisión de validez de las actas parlamentarias, la que procedió de una manera arbitraria. Se anularon todas las actas de ciertas provincias donde la oposición resultó victoriosa; se proclamaron Fruta a candidatos amigos vencidos. Se expulsó de las Cortes a varios Fruta de las minorías. No se trataba solamente de una ciega pasión sectaria, se trataba de la ejecución de un plan deliberado y de gran envergadura. Se perseguían dos fines: hacer de la Cámara una convención, aplastar a la oposición y asegurar al grupo menos exaltado del «Frente Popular». Desde el momento en que la mayoría de izquierdas pudieran prescindir de él, este grupo no era sino el juguete de las peores locuras.
«De este modo las Cortes prepararon dos golpes de Estado parlamentarios. Con el primero, se declararon a sí mismas indisolubles durante la duración del mandato presidencial. Con el segundo, me revocaron. El último obstáculo estaba descartado en el camino de la anarquía y de todas las violencias de la guerra civil.
D. NICETO ALCALÁ ZAMORA, ex-Presidente de la II República Española.
Ésto sí que fué un golpe de estado ... El segundo intento después de 1.934 ...