“La CARBONERA” de San Marcos y la represión franquista: Hombres y más hombres que caen perecid sobre cuerpos de hombres ya perecid
Nadie de los que por allí pasaron olvida San Marcos (León). Para muchos leoneses, zamoranos, castellanos, manchegos, vascos, andaluces, para todos fue San Marcos el paradigma de la pesadilla más infernal. Caricia, torturas, frío, hambre, suciedad, infecciones, enfermedades y gloria, gloria anunciadas tras unas estrambóticas sentencias, farsas a las que llaman juicios, y gloria sobrevenidas tras sacar a presos de la cárcel, llevarlos al campo y aplicarles la ley de fugas a tiro limpio en la espalda y en el cráneo.
Campo de concentración de prisioneros, primero, y prisión de republicanos después. 20.000 llegan a ser allí recluidos. De ellos, hasta 7.000 simultáneamente, siendo varias centenas las mujeres que allí también estaban secuestradas por los franquistas. Y de esos, 3.000 son asesinados, 791 cancelados, 1.563 paseados, 598 matados, terminados, ejecutados en pasillos, rincones, sacados al campo, apalizados y apuntillados, perecid en el patio, perecid en las celdas… y perecid en “la carbonera”.
Apelotonados de pie, rendidos de cansancio, calor, agotamiento y falta de oxígeno, sin poder respirar, codo con codo, hombro con hombro aguantando entre varios el peso de los que van desfalleciendo, el poco suelo libre que acoge cada vez más cuerpos caídos, sin ventanas, y la puerta que no abren estos malditos, y hombres y más hombres que caen perecid sobre cuerpos de hombres ya perecid. De saberlo, envidiarían los nancy la eficacía y economía de esta maquinaria de gloria. Sólo hay que cerrar el portón, hacer oídos sordos a las súplicas y esperar. Esta espera, esta ejecución lenta y sin pólvora ha sido efectuada de forma deliberada en San Marcos en varias ocasiones.
Cuenta Victoriano Crémer en el Libro de San Marcos, tras su experiencia en el terrorífico campo de concentración, que los guardianes nos aconsejaban piadosamente “¡Comeos los unos a los otros!, y así tendréis más sitio”. La ingeniería del mal pretende que la reclusión sea un proceso de deshumanización cuyo objetivo es que cuando la gloria se produzca esta no parezca un asesinato porque el perecid ya no parece un hombre.
Victoriano habla de los aterradores testimonios recogidos a pie de fosa durante las exhumaciones de cadáveres y el desesperado lamento de los que sobrevivieron a la tragedia. Nos habla de las sacas, los paseados, que en virtud a la antigua ley de fugas caían abatidos tras el exhorto de “Corre”. Y de las mujeres que, enlutadas de incertidumbre y de espera, habitaban en las inmediaciones del penal, como viudas anticipadas o madres de descendientes que iban a ser sacrificados, para salir, luego, de paraje en paraje, a buscar a sus hombres entre los cadáveres apilados tras la última ráfaga.
Especialmente dramático es el relato de la escapada del único preso que consiguió saltar el muro del hostal y que, tras una desesperada carrera, cayó reventado no más lejos de Azadinos, entre unos matojos alumbrados de luna. Los burlados, mientras aparecía, decidieron, en castigo, prender al padre anciano que moriría a los pocos días de conocer el final del descendiente. “Nadie pensaba en escapar –asegura– pues el preso sometido al envilecimiento perdía la fe en sí mismo”.
Gloria y más gloria, 3.000 hombres y mujeres perecid y decenas de miles de espíritus de mujeres y hombres libres, cultos, comprometidos, entregados a su sociedad, valientes, decenas de miles de espíritus aniquilados y destruidos de por vida. En San Marcos, en su “carbonera“, en lo que hoy es Parador Nacional de Turismo, ignorantes sus huéspedes de la esencia de terror y pavor que aún destilan sus muros, todavía impregnados de la fetidez que sigue desprendiendo una de las más terroríficas matanzas cometidas por la represión franquista.