Sexo, hipoteca y pensión: la cuenta que frena el divorcio
Un trabajador lleva meses escuchando la misma queja en la oficina: su compañero dice que su esposa no quiere sexo, que siempre tiene que tomar la iniciativa él y que, cuando hay algo, es
una vez al mes. La pregunta que deja caer —si eso basta para pedir el
divorcio— ha acumulado 355 respuestas a lo largo de 855 días y sigue abierta. No es por falta de opiniones, sino porque el asunto tiene dos capas que casi nunca se miran juntas: la jurídica y la económica.
La segunda es la que decide de verdad.
¿Se puede pedir el divorcio si tu pareja no quiere sexo?
Existe un término para lo que se discute aquí: el
débito conyugal. En los sistemas con divorcio causal o culpable, negarse de forma continuada a mantener relaciones —sin una excusa justificada, como una enfermedad o un posparto— se interpreta como un incumplimiento de los deberes del matrimonio. Eso permite pedir la separación y que la otra parte cargue con la culpa. El razonamiento se resume en una frase que circula en la conversación: «si uno quiere, el otro debe».
En España, la cosa cambia. El criterio no ha existido en la legislación civil, salvo en la época en que regía el derecho canónico
de facto. El modelo actual no reparte culpas, y sin culpa no hay compensación económica asociada. Traducido: el agravio se queda sin puerta por la que entrar. Nadie ha encontrado todavía la forma de meter el deseo dentro de un contrato.
La factura: separarse cuesta más que aguantar
Aquí el análisis se vuelve contable y la conclusión es incómoda. Un divorcio arrastra
pensión, hipoteca y pensión de alimentos de los hijos, y la asimetría que se señala es difícil de rebatir: una parte puede negar relaciones sexuales, pero el pago de las obligaciones no se interrumpe por eso. Un cálculo que circula en la conversación sostiene que mantener el matrimonio y resolver la parte física fuera sale más barato que separarse. El desglose completo, partida a partida, es el material que más ha llamado la atención del asunto.
Hay quien lo lleva al extremo y describe el matrimonio como una sociedad en la que una parte elige por estabilidad y la otra por acceso sexual continuado. Cuando la primera falla, se dice, el reproche es inmediato; cuando falla la segunda, no hay consecuencia jurídica alguna. Es una forma dura de plantearlo, y también la más repetida.
La propia pregunta inicial añade un matiz que nadie resuelve: si hay hijos pequeños, la salida se complica todavía más. El coste no es solo la pensión, es la reorganización completa de una vida.
¿Baja la libido con la edad o sube?
Las versiones se contradicen sin que ninguna aporte pruebas. Una corriente sostiene que el deseo femenino decae tras cierta edad y que eso es lo natural, y que esperar lo contrario a partir de los cuarenta es una excepción estadística. Otra afirma justo lo opuesto: que
la libido de la mujer aumenta con la edad, al revés que la del hombre, y se apoya en estudios que se remontan a los años setenta. Entre ambas, la única certeza es que en el material no hay un dato verificable que zanje el asunto.
El rango que manejan los relatos es amplio y la muestra, pequeña: una vez al mes, dos o tres veces al año, o temporadas enteras sin nada. Montar una estadística con eso sería un abuso.
Lo que sí aparece es la experiencia propia. Un caso de
18 años de matrimonio y casi veinte de relación asegura que es la esposa la que toma la iniciativa, y lo presenta como la mejor decisión de su vida. Enfrente, otro relato habla de relaciones dos o tres veces al año, con divorcio planteado y descartado por incapacidad de asumir el coste.
El sexo como moneda de cambio
Buena parte de la conversación asume un marco transaccional. Una postura defiende que el sexo es para el hombre un fin en sí mismo, mientras que atribuye a la mujer utilizarlo como medio para conseguir otras cosas. La réplica es directa: si alguien deja de resultar deseable porque no se cuida ni está por su pareja, el sexo por el sexo no interesa. Es el punto donde el argumento se enreda, porque cada parte describe su propio mercado ideal.
También hay quien avisa de que sin convivencia larga no se entiende nada de esto, y quien opina que el problema real es haberse emparejado con alguien a quien no se deseaba. La falta de deseo propia se convierte entonces en un inconveniente que se soporta con más o menos resignación mientras dure la comodidad.
Con esos mimbres, la pregunta inicial no tiene salida limpia. El derecho no reconoce la causa, la economía castiga la salida y las frecuencias que se manejan van de una vez al mes a dos veces al año. Nadie ha puesto todavía precio al deseo, y quien lo ha intentado ha acabado hablando de hipotecas.