Mover toneladas de diorita: lo que el Serapeum no explica
Un sarcófago de diorita tallado a escuadra, pulido por dentro, alojado en un túnel subterráneo donde no hay rastro de hollín en el techo. Nadie discute que el bloque esté ahí; lo que se discute es cómo llegó hasta el fondo. La imagen del sarcófago gigante del
Serapeum de Saqqarah ha reabierto la pregunta de siempre: si con madera, cobre y arena se podía tallar y desplazar semejante mole. Unos ven tecnología perdida. Otros ven, sencillamente,
tiempo y gente bien mandada.
Qué hace especial al sarcófago del Serapeum
El detalle que descoloca no es solo el peso. Los sarcófagos están tallados a escuadra y pulidos por dentro sobre un granito durísimo, en un complejo subterráneo de pasillos estrechos por los que, según se ha llegado a sostener, ninguno cabría. Un intento de extraer uno habría acabado con la pieza atascada en el primer corredor. Y en túneles sin luz natural no aparece el humo que habrían dejado las antorchas. Son obstáculos reales; lo que no está tan claro es qué conclusión se saca de ellos.
Uno de los sarcófagos apareció cerrado. Para abrirlo se recurrió a la dinamita, y se describe que el aire fue succionado hacia el interior, señal de un sellado hermético que aguantó milenios. El dato alimenta las teorías más exóticas, aunque también admite una lectura aburrida:
piedra bien ajustada sobre piedra bien ajustada.
¿Cómo se movían bloques de varias toneladas con madera y arena?
La respuesta más repetida es también la más humilde: abrasión, arena y paciencia. Se talla la piedra frotando con arena, sin brocas de diamante; se desliza el bloque sobre rodillos de madera o se usa la propia arena como ascensor, llenando el hueco, colocando la pieza encima y retirando material hasta dejarla en su sitio. Poleas, palancas y cuerdas de cáñamo completan la caja de herramientas.
La objeción no es que sea imposible. Es que suena demasiado cómodo cuando se mira la escala del conjunto. Ahí entra el argumento de la mano de obra: si a un bloque le faltan dos mil años de tecnología, se le echan treinta años de picar piedra. Con suficiente gente y sin prisa, casi todo se sostiene.
Pirámide de Keops frente a catedral gótica: ¿quién fue más preciso?
Es el punto donde el debate se vuelve técnico. Según una comparación difundida en el hilo, la orientación de la
Gran Pirámide respecto a los ejes cardinales se mide en minutos de arco —entre
3 y 5, cuando un grado son 60 minutos—, frente a desviaciones de uno o dos grados en las catedrales más famosas. De ahí sale la comparación de manual: una obra milenaria con una alineación más fina que templos levantados siglos después.
La réplica tiene miga. Una catedral es más alta que cualquier pirámide con muchísima menos base, y eso obliga a calcular empujes, arbotantes y descargas de peso. Comparar las dos cosas, dicen, es comparar sumas con derivadas. Otros añaden que la Gran Pirámide tiene cámaras y galerías internas y que sus dos millones de bloques, de unas dos toneladas de media, encajan con un error mínimo. Hay quien ha reconstruido la base por software para medir el paralelismo de los lados y afirma que el resultado no cuadra con la época.
La alineación que una proyección astronómica podría explicar
Frente al relato más fantástico, un participante sostiene que si se proyecta la construcción al año
2562 a. C. y se reconstruye la posición de determinadas estrellas, la alineación de la pirámide dejaría de ser un misterio. Ese cálculo, según su autor, desmontaría la parte mitológica, no la parte difícil, y deja en pie la pregunta que de verdad importa: cómo se organiza una obra así sin rueda ni poleas documentadas en la dinastía IV, según la egiptología citada en el hilo.
¿Trabajaron esclavos en las pirámides de Guiza?
Aquí el consenso se rompe por otro lado. Una parte sostiene que la esclavitud no era el motor de aquellas obras, que los canteros eran mano de obra cualificada y remunerada y que Roma dejó constancia documental de empresas de construcción con empleados libres. Otra responde con logística pura: alimentar, vestir y vigilar a miles de hombres en mitad del desierto, sin armas de fuego y con una población total estimada en unas
100.000 personas entre Asuán y el delta, no sale en ninguna cuenta.
Y un tercer grupo recuerda que esclavitud no significa capturar a un hombre libre, sino nacer siéndolo y estar sometido desde el principio. Con ese material humano, dicen, se construye un puente hasta América si hace falta. La discusión, en realidad, no va de piedras: va de si el coste de mover a un esclavo era mayor que el de contratar a un cantero.
Heródoto, las máquinas de madera y la fiabilidad de la fuente
La primera noticia escrita sobre las pirámides llega con Heródoto, que recogió el relato de los sacerdotes egipcios siglos después. Según esa versión, la obra duró
veinte años y se levantó con máquinas de madera que elevaban la piedra de un escalón al siguiente mediante contrapesos. Nada de platillos volantes.
El problema es metodológico. El propio autor advierte que cuenta lo que le cuentan, y hay quien recuerda que escribía casi tan lejos de Keops como nosotros de él. Descalificar la fuente por su afición a la bebida, responden otros, es hacer trampa: si vale para las pirámides, vale para los nueve libros.
De la primera piedra a la pirámide perfecta en 120 años
Aquí está, quizá, el salto más difícil de digerir. De las mastabas de adobe se pasa a la pirámide escalonada de Djoser, la primera gran construcción en piedra. Después, en un margen que se estima en unos
120 años, aparecen las cinco pirámides de caras lisas. Una progresión rapidísima para una técnica que supuestamente se estaba inventando sobre la marcha.
Sobrevolando todo, la cifra que empequeñece lo demás: unos nueve millones de metros cúbicos de piedra en el conjunto, con bloques de granito rojo de
más de 50 toneladas subidos a más de 50 metros de altura. Y una comparación que reaparece cada vez: en los años sesenta se llegó a la Luna y hoy cuesta poner un cohete en órbita. La capacidad técnica no siempre avanza en línea recta.
Los gigantes y otras explicaciones sin respaldo
No faltan quienes recurren a supuestos gigantes que habrían movido las piedras con facilidad, apoyándose en relatos de encuentros con personas de gran estatura en el sur del continente americano. Son afirmaciones sin respaldo arqueológico, igual que las que atribuyen la obra a visitantes de otro planeta. Ni unas ni otras cuentan con pruebas.
Y aun así, quitando a los gigantes y a los alienígenas, queda el núcleo del problema intacto. La técnica que explicaría todo esto —frotar arena, tirar de cuerdas, apilar durante décadas— es la misma que se usaba hace cuarenta años para colgar un cuadro en la pared. Funciona. Solo hay que aceptar que hubo un tiempo en que eso era lo más avanzado del planeta.