Guerrero_termonuclear
Madmaxista
- Desde
- 15 Mar 2020
- Mensajes
- 23.470
- Fruta
- 68.443
El mítico hilo de fracasados…
Follow along with the video below to see how to install our site as a web app on your home screen.
Nota: This feature may not be available in some browsers.

El asunto plantea, en forma de diálogo platónico, la decisión de un trabajador de Canarias que planea abandonar su empleo en 2027 tras acumular cerca de 70.000 euros en oro e inversiones. El texto enfrenta esa huida con el discurso del esfuerzo, el consumo y quienes viven de subsidios.
La escena es reconocible. Un trabajador del sector servicios y turismo en Canarias, que firma como Fargo 2.0, calcula sus finanzas, mira su cuenta y anuncia una decisión: en 2027 dejará de remar. Su cofre roza los 70.000 euros en oro e inversiones. No piensa añadir más. Gastará en sus pequeños placeres —el carromato, las cervezas, las viandas— y soltará el remo para siempre. La historia se cuenta como un diálogo platónico, con Sócrates preguntando y tres personajes discutiendo: el remero agotado, el defensor del esfuerzo y el que vive del sistema sin aportar. Bajo el juego literario hay una discusión económica muy concreta: cuándo compensa trabajar, cuánto cuesta vivir y qué pasa cuando el salario deja de pagar una vida digna.
El primer dato que sostiene el relato es una resta simple. Un hombre acude a un aeropuerto o a un gran hotel a servir a extranjeros bajo un sol abrasador y recibe a cambio 1.300 monedas de plata. Si quiere habitar una estancia digna para él solo, el arrendador le exige 1.000 monedas. La conclusión del personaje es que el esclavo paga por el látigo que lo azota. La cifra es literaria, pero la estructura del problema no lo es: en Canarias, el turismo estacional y los precios de la vivienda compiten por el mismo salario. El remero no compite ya por su pan, sino por el derecho a dormir bajo un techo compartido que le devora la mitad de su jornada.
El agotamiento que describe el texto no es solo físico. Habla de un rictus de amargura, de palidez, de venir de sufrir el tormento en las galeras de Siracusa. La jornada partida aparece como el símbolo de un desgaste que no se mide solo en horas, sino en la imposibilidad de organizar la propia vida. El personaje calcula sus finanzas y sus modestas inversiones, y llega a una determinación firme: no compensa desgastar el alma por un salario que la inflación devora, solo para financiar una existencia que no le pertenece. Prefiere la autarquía y levantarse al alba solo si su voluntad lo dispone.
Hay una paradoja que el diálogo pone en boca del remero y que funciona como argumento económico: conoce hombres que, conviviendo con sus madres y cobrando el salario mínimo, logran ahorrar 10.000 monedas al año en absoluta paz; mientras que otros, con sueldos de 50.000, caen enfermos de baja por el desgaste psicológico del entorno corporativo. La comparación no es una estadística, es una intuición sobre los costes ocultos del trabajo: el precio del alquiler, el transporte, la comida fuera de casa y el desgaste mental pueden convertir un sueldo alto en una trampa. El trabajo moderno, dice el personaje, ya no es virtud, es un infierno que destruye el espíritu.
El diálogo introduce un cálculo que merece atención: el matemático del desencanto sostiene que la media jornada resulta más rentable netamente por hora que la jornada completa. Si se calcula el neto que un hombre percibe por cada hora entregada al señor feudal en una jornada completa, frente a lo que retiene trabajando la mitad del tiempo mientras descansa en el hogar materno, el resultado es que la media jornada produce un 20% más de valor real por hora. Quien trabaja ocho horas, añade, regala cuatro a las arcas del Estado o al beneficio del patrón sin recibir gloria alguna.
La afirmación es un cálculo que circula en el debate, no un dato oficial. Pero la lógica que hay detrás es fácil de reconstruir: en un empleo con jornada partida, los costes fijos de trabajar —desplazamientos, comidas, cuidado de hijos o mayores— no se reducen a la mitad cuando se reduce el horario. La progresividad del IRPF y las cotizaciones también hacen que las últimas horas trabajadas tributen a tipos más altos. El resultado es que el salario neto por hora de un trabajador a tiempo parcial puede ser superior al de uno a tiempo completo, especialmente si el segundo tiene que pagar un alquiler que el primero no paga.
El texto no presenta este cálculo como una verdad universal, sino como la métrica de la razón de un personaje. Los números no entienden de lamentos, dice. Y ahí está el núcleo del asunto: la decisión de dejar de remar no es solo una huida emocional, es una respuesta a un sistema de incentivos que, según este planteamiento, penaliza el esfuerzo adicional. Si trabajar más horas no mejora proporcionalmente el nivel de vida, la racionalidad económica empuja a trabajar menos. O a no trabajar.
El diálogo no se queda en la queja del remero. Introduce dos contrafiguras. La primera es el defensor del esfuerzo productivo, el consumo y el estatus social. Su argumento es clásico: el trabajo dignifica al ciudadano y sostiene la polis; el consumo responsable y la adquisición de bienes son el reflejo de una vida próspera; quien no produce se condena al ostracismo y a la escasez. El remero responde que el consumo responsable no es más que un mito inventado por los mercaderes para que los hombres gasten lo que no tienen y permanezcan encadenados al banco de arena.
La segunda contrafigura es el que sostiene que la justicia es la conveniencia del más astuto y vive del sistema sin aportar. Su intervención es la más incómoda: mientras vosotros os despertáis con el canto del gallo para que os confisquen vuestras monedas mediante tributos, otros disfrutamos de los subsidios de la polis sin mover un solo dedo. Vuestro esfuerzo financia mi descanso; por lo tanto, continuar remando no es virtud, sino pura necedad. El texto no da por buena esa afirmación, pero la usa para tensar el debate: si el sistema permite vivir sin trabajar, ¿por qué iba a esforzarse el que trabaja?
Sócrates cierra esa parte con una pregunta que sigue siendo actual: si el ciudadano promedio se encuentra desprotegido frente a la competencia externa, sin herencias que lo sostengan ni plazas fijas en el funcionariado del Estado, ¿cuál es el horizonte que le espera al hombre que decide continuar en el mercado laboral? La respuesta del remero es un horizonte de absoluta derroición. Los sabios del foro advierten un parón económico inminente en este otoño. Los artesanos y proveedores confiesan que aceptan encargos que apenas cubren sus costes solo para no cerrar sus talleres, y otros se encuentran completamente paralizados, sin actividad alguna. El tejido de la polis se resquebraja y el remero es el último en recibir los frutos, pero el primero en pagar los platos rotos.
El relato incluye un personaje que no es humano: un autómata que sintetiza las intervenciones de los remeros. Su función es resumir: Fargo sufre por el precio del turismo y acumula capital; Tobías certifica la crisis de la vivienda canaria; Bizarroff aporta datos de optimización laboral. La reacción del remero es de furia: le acusa de no aportar experiencia vital, de no saber lo que es sufrir la humillación del cliente ni el dolor de espalda al acabar el turno, y de reformular con frialdad lo que los corazones sangran. El personaje principal lo interpreta como una ironía del destino: el sistema no solo nos exprime en los talleres, sino que envía a sus máquinas automáticas a sustituirnos incluso en el noble arte de quejarnos de nuestra propia desgracia.
Ese detalle conecta el asunto con un debate económico más amplio: la automatización no solo reemplaza tareas productivas, también empieza a ocupar funciones de intermediación, resumen y atención. Si la máquina resume por nosotros y responde por nosotros, dice el texto, los remeros dejarán de pensar y de sentir. Es una afirmación literaria, no una predicción verificable, pero apunta a una pregunta real sobre el valor del trabajo humano cuando la información y la síntesis se automatizan.
La conclusión del diálogo no es un final feliz. El esfuerzo ya no garantiza el ascenso en la república, las bajas laborales se multiplican por el desgaste del alma y la única victoria posible para el hombre despierto es el camuflaje, la acumulación silenciosa y, finalmente, la deserción absoluta de las galeras. El plan de Fargo 2.0 —70.000 euros en oro, retirada en 2027, gasto en pequeños placeres y autarquía espiritual— es la versión concreta de esa deserción. No es una receta general, es una decisión personal que el texto presenta como respuesta a un sistema que, según su propio relato, ya no compensa.
Conviene tomar distancia ante cualquier decisión financiera de este tipo: acumular oro, invertir y planificar una retirada anticipada son decisiones que dependen de la situación de cada persona y de la evolución de los precios, los impuestos y la legislación. El texto es un ejercicio literario, no un plan de vida. Para decisiones de dinero, lo prudente es consultar con un profesional.
El mítico hilo de fracasados…