Exfuncionaria de prisiones detenida por robar con su novio multirreincidente marroquí
Una mujer de 49 años que trabajaba como funcionaria en prisiones de Cataluña ha sido arrestada por los Mossos d'Esquadra acusada de participar en robos con fuerza en obras. Su cómplice no es otro que su novio, un marroquí de 28 años con múltiples antecedentes penales, a quien conoció mientras cumplía condena en la misma cárcel donde ella trabajaba. El botín: herramientas y maquinaria valoradas en unos 13.500 euros, que intentaba vender en Wallapop. La noticia ha desatado una oleada de indignación y ha puesto el foco en un fenómeno recurrente: la atracción de mujeres hacia delincuentes peligrosos, conocido como hibristofilia.
El patrón de la hibristofilia
El caso sigue un esquema que se repite con inquietante frecuencia: una mujer con un perfil profesional —a menudo en servicios sociales o penitenciarios— se involucra sentimentalmente con un recluso, y acaba colaborando en actividades delictivas. La exfuncionaria, lejos de mantener la distancia profesional, se enamoró de un preso marroquí con un historial delictivo que los propios agentes califican de "multirreincidente". La relación derivó en una asociación criminal: ella sustraía material de las obras y él lo vendía en plataformas de segunda mano. El debate que ha generado el suceso apunta a una falla en el sistema: la ausencia de controles emocionales y la mezcla de roles que permiten que trabajadores penitenciarios entablen relaciones con internos.
La crítica al modelo penitenciario y cultural
La mayoría de los análisis coinciden en que el problema va más allá de un caso aislado. Se señala la falta de separación por sexos en las prisiones como una medida que facilita estos vínculos. Pero también hay una corriente que apunta a un factor cultural: la "tercermundización" de la sociedad española, en la que mujeres de izquierdas —a menudo denominadas 'charos'— sienten atracción por perfiles marginales, a veces de origen inmigrante, como una forma de transgresión o redención social. Este caso en Cataluña, región ya polarizada, añade una capa política: algunos ven en él el resultado de las políticas "woke" y de la inmigración masiva. Otros, más pragmáticos, se limitan a pedir que se endurezcan los protocolos penitenciarios y se impulse la reinserción, aunque con resultados poco prometedores.
El negocio de la reventa en Wallapop
Un detalle clave de la investigación es el uso de Wallapop para colocar el material robado. Los Mossos detectaron anuncios sospechosos que coincidían con las herramientas sustraídas en obras de Caldes de Montbui. La facilidad para vender objetos robados en plataformas digitales sin apenas filtros es otra pata del problema. La pareja no necesitaba contactos complicados: bastaba con subir una foto y esperar al comprador. Esta vía de lucro rápido, combinada con la falta de escrúpulos, ha convertido a Wallapop en un canal recurrente para el menudeo de objetos robados.
El caso de Caldes de Montbui no es una anécdota. Es un síntoma de la descomposición de los límites institucionales y personales. Y la pregunta que queda en el aire es si el sistema penitenciario español está preparado para evitar que quienes deben custodiar a los presos acaben formando parte de su banda.
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