Felipe VI, Letizia y las infantas: una semana en paradero desconocido
Desde el 15 de agosto, la familia real ha desaparecido del mapa institucional. No hay crisis: es el calendario histórico de la Casa Real. La agenda oficial se cortó en Palma a mediados de mes, después de los despachos del Rey con autoridades y la Copa del Rey de Vela, y de que Letizia visitara la Fundación Esment con Leonor y Sofía el 6 de agosto. A partir de ahí, vacaciones privadas y un eufemismo que la prensa reproduce cada año: paradero desconocido.
La fórmula es tan precisa como opaca. El Gobierno siempre sabe dónde está el Rey; el ciudadano, no. Esa asimetría de información es el núcleo del asunto, más que el destino real del jefe del Estado. En agosto, la transparencia institucional brilla por su ausencia, y se da por buena.
El paradero desconocido como tradición
Pasar la segunda quincena del octavo mes del año en paradero desconocido sigue siendo de obligado cumplimiento. La frase, recogida de la cobertura habitual, resume décadas de protocolo vacacional. La seguridad de la Familia Real no se suspende, pero su localización exacta se restringe a un círculo mínimo. Para el historiador es rutina; para el observador escéptico, una anomalía que ningún otro órgano del Estado se permite.
El runrún conspirativo
En los márgenes, la ausencia real alimenta especulaciones. Hay quien baraja que la familia ha sido secuestrada para recalibrar conductas, o que la desaparición se extiende a otras figuras públicas, con menciones a Ione Belarra y a la misteriosa Número 1, ausentes estos días de los medios y las redes. Sin pruebas, claro. Pero el simple hecho de que el silencio de la Casa Real genere esos vacíos dice más de la opacidad que de los conspiranoicos.
El calendario es previsible, la reacción también. Agustos de ausencia, septiembres de explicaciones que nunca llegan. Y la pregunta sigue ahí: si no hay nada que ocultar, por qué el paradero sigue siendo secreto.