La España vaciada arde: incendios sin medios en el noroeste
Los incendios que arrasaron el noroeste peninsular dejaron una imagen que resume el problema: en Asturias era casi de noche a las cinco de la tarde por la ceniza que llegaba desde León y Zamora. La superficie quemada, sumando todos los focos, supera ya a la de una isla como Gran Canaria, unos 1.600 kilómetros cuadrados. Y buena parte de lo calcinado son zonas de gran valor: Las Médulas, Somiedo, los alrededores de Plasencia, donde el fuego amenazó los suburbios de la ciudad. La discusión posterior no fue sobre el clima, sino sobre quién apaga el monte y con qué.
¿Quién apaga los incendios en la España vaciada?
El cuadro que se dibuja en los testimonios es incómodo. Los incendios los combaten, según se relata, jóvenes cobrando el salario mínimo y con una lata de sardinas, tras un curso de cuatro horas sobre extinción. Ese es el nivel de profesionalización que se está dispuesto a pagar por el territorio. La comparación con los supertankers de California aparece en más de un mensaje, entre la ironía y la rabia.
El problema de fondo es de gestión forestal. Hay quien sostiene que el abandono del monte convierte cada verano en una trampa: la maleza acumulada es yesca, y con olas de calor y sequedad repentina, cualquier chispa encuentra combustible. La paradoja es que las lluvias de meses antes generan más vegetación, que luego se seca y alimenta el fuego. Sin limpieza, el monte se convierte en una bomba de relojería.
El negocio del agua y los pueblos que desaparecen
Uno de los episodios que más circuló fue el de Palacios de Jamuz, en León. Según los mensajes, el Grupo Pascual (Bezoya) tenía intereses en montar una embotelladora de agua en la zona. Los vecinos protestaban. Ahora, se dice, ya no hay pueblo. Ya no protestarán. Vía libre para la embotelladora. La denuncia es clara: se destruye España, se vacía el territorio y se mercantiliza el agua.
La conexión con el fuego no es casual en el relato. Se apunta a que hay planes de limpieza que exigen deslomarse sin rendimiento económico, o regalar la leña de valor a cambio de reducir la carga de fuego. La ecuación no cuadra para el propietario forestal, que ve cómo su monte se convierte en un patio de recreo a coste cero para otros, mientras él asume el riesgo.
La España vaciada y el voto: ¿a quién culpar?
La conversación derivó hacia la política. Hay quien sostiene que los asturianos llevan cuatro décadas votando lo mismo y ahora deben disfrutar de lo votado. Otros responden que en León gobernaba VOX hasta ayer y los toreros contratados no apagan mejor el fuego que los supertankers de California. La discusión se encona: se acusa al Estado de ser inoperante, de extraer impuestos récord y no proteger el territorio.
El dato que sobrevuela es el de la presión fiscal. Se afirma que nunca el Estado ha manejado tantos recursos y es más inoperante que nunca: gota fría, incendios. El Día de la Liberación Fiscal, el 18 de agosto, se cita como símbolo. La conclusión que se extrae es que el dinero no llega al monte, o se va en otras cosas.
El agua embotellada y el negocio del futuro
Hay un hilo subterráneo que recorre la discusión: el agua. Se advierte de que el objetivo 2030 es que el agua haya que consumirla embotellada y pagar el peaje. No será agua mineral de manantial, sino la misma que consumimos ahora, potabilizada, pero pagada a precio de manantial. Ya hay grandes fabricantes que venden agua embotellada del grifo, y por ahora tienen que avisarlo. La denuncia es que se está mercantilizando un recurso básico.
La conexión con los incendios es doble: por un lado, la embotelladora de Palacios de Jamuz; por otro, la sequía y la gestión del agua. El fuego y el agua son dos caras de la misma moneda: el territorio como negocio, no como lugar para vivir.
El cierre: la pregunta que nadie responde
Al final, la discusión no llega a un consenso. Unos culpan al Gobierno de provocar los incendios para construir ciudades inteligentes y centros de datos. Otros señalan al abandono rural y a la falta de medios. Y hay quien simplemente dice que España está ocupada y gobernada por sus enemigos. Lo que queda claro es que el monte arde, los pueblos se vacían y los que se quedan ven cómo su tierra se convierte en ceniza o en negocio. La pregunta que nadie responde es qué se está dispuesto a pagar para que eso no pase.