El toxicológico negativo reabre el caso de la presunta sumisión química
¿Se puede drogar a alguien sin que quede ni rastro en sangre ni en orina? Esa es la pregunta que sobrevuela el caso de Paloma Lago, la mujer que denunció al exconselleiro Alfonso Villares por una presunta agresión sexual el pasado 27 de diciembre. La prueba toxicológica practicada ese día ha dado negativa: no hay rastro de sustancias que avalen la supuesta sumisión química. El dato, adelantado por
Abc y recogido en el debate público, ha reabierto la discusión sobre un tipo de denuncia que, según algunos participantes, se ha convertido en un género propio en los juzgados españoles.
La denunciante sostiene que fue sorprendida por su sobrino por la mañana, desnuda y desorientada, sin recordar lo ocurrido. Según esa versión, alguien habría anulado su voluntad mediante sustancias. El problema es que el laboratorio no encontró nada. Ni GHB, ni escopolamina, ni ketamina. Tampoco alcohol, lo que para algunos resulta aún más llamativo.
Qué dice el toxicológico y por qué no cierra el caso
El informe toxicológico es el eje de todo. La prueba se practicó el mismo día de los hechos y dio negativa. No apareció ninguna sustancia de las que se asocian a la sumisión química. Eso no significa automáticamente que no hubiera agresión, pero sí elimina la vía química como explicación de la pérdida de consciencia.
Hay quien sostiene que ciertas drogas desaparecen del organismo en cuestión de horas. El GHB, conocido como éxtasis líquido, tiene una vida media de
20 minutos a una hora y en 12 horas suele ser indetectable. La escopolamina, la burundanga, se metaboliza en unas
2,5 horas y a menudo solo se detecta en la bebida. La ketamina, anestésico disociativo usado en medicina humana y veterinaria, también se elimina rápido. Ese es el argumento de quienes defienden que un negativo no prueba nada.
En contra pesa un detalle incómodo: tampoco había alcohol. Y aquí el relato se complica, porque la explicación más habitual cuando no hay drogas es que hubo una borrachera monumental que luego se camufla por vergüenza. Si no hay ni una cosa ni la otra, la pregunta es qué anuló la voluntad de la denunciante.
Las versiones contradictorias sobre quién llamó a quién
Uno de los puntos más discutidos es la secuencia de la mañana siguiente. Según una versión, fue el propio Alfonso Villares quien llamó al sobrino y a la hermana de Paloma Lago. Según otra, fue el sobrino quien la encontró. Las dos no encajan. Y de esa discrepancia depende buena parte de la credibilidad del relato.
Hay quien apunta que si el denunciado avisó a la familia, su comportamiento no encaja con el de alguien que acaba de cometer una agresión. Otros responden que eso es psicología de barra y que los agresores también llaman a la familia para construir coartadas. La discusión, en cualquier caso, no la va a resolver un toxicológico.
El problema de fondo: denuncias sin prueba y presunción de inocencia
Más allá del caso concreto, el asunto conecta con un debate jurídico de fondo. En España, una denuncia por agresión sexual puede sostenerse solo con el testimonio de la denunciante. No hace falta prueba pericial, ni testigos, ni rastro físico. Eso ha llevado a que un sector crea que se ha invertido la carga de la prueba: el acusado debe demostrar su inocencia mientras la acusación no tiene que demostrar nada.
La consecuencia práctica, según ese sector, es que un hombre puede perder su puesto de trabajo, su reputación y años de vida antes de que un juez dicte sentencia. Y si finalmente se archiva o se absuelve, no hay consecuencias para quien denunció. La denuncia falsa, cuando se persigue, se castiga con sanciones que muchos consideran ridículas. Ese desequilibrio es el que alimenta la indignación.
El contexto: un tipo de denuncia que, según algunos, prolifera
El patrón se repite, según algunos participantes. Mujer que sale de fiesta, consume alcohol o drogas, mantiene relaciones, al día siguiente no recuerda nada y denuncia sumisión química. El toxicológico da negativo o solo muestra alcohol. El caso se archiva o se convierte en un pulso judicial de años.
Lo que no está demostrado es que se pueda drogar a alguien, que esa persona se pegue una noche de juerga, mantenga relaciones y al día siguiente resulte que no recuerda nada y jure que jamás lo habría hecho sin la droga. Los casos que llegan a los juzgados suelen ser de este segundo tipo, según algunos. La sumisión química real, la que deja a alguien inconsciente, existe. La otra, la que aparece cuando el toxicológico no encuentra nada, es la que está en discusión.
Qué pasa ahora con el caso
El caso sigue abierto. El toxicológico negativo no cierra la investigación, pero debilita la línea argumental principal de la denuncia. La defensa tiene ahora un elemento objetivo: no hay prueba química. La acusación puede seguir sosteniendo que la sustancia desapareció antes del análisis, pero eso es una hipótesis, no un dato.
Mientras tanto, el debate público se ha dividido entre quienes creen que el negativo confirma que la denuncia es falsa y quienes sostienen que un negativo no prueba nada porque las drogas de sumisión desaparecen. Ambas posiciones tienen su lógica. Ninguna tiene la sentencia.
Al final, la justicia tendrá que decidir si hubo agresión o no. Y si no la hubo, alguien tendrá que explicar por qué un hombre pasó meses señalado por algo que el laboratorio no pudo confirmar. Esa parte, la de las consecuencias para el denunciado, nunca sale en el titular.