El Génesis, la serpiente y el Dios que no cuadra
Cuatro objeciones al Dios de las religiones abren un debate en foro: si creó a Adán y Eva sabiendo que iban a pecar, ¿por qué los castiga y condena a toda la humanidad venidera? La pregunta, formulada así de cruda, arrastra a un niño de cinco años con cáncer y a una tía en pelotas comiendo una manzana. La respuesta más repetida en el arranque no defiende a Dios:
constata que la naturaleza es cruel y desafía a construir un universo alternativo sin contradicciones. Nadie ha presentado el plano.
Las cuatro objeciones del planteamiento inicial
El punto de partida es una lista. Primero, la presciencia divina: si Dios sabía de antemano que la pareja iba a desobedecer, el castigo es un sinsentido y la condena heredada, una injusticia de origen. Segundo, la cronología bíblica: sumando las edades de los patriarcas y sus descendientes se llega a una Tierra de unos
5.000 años, algo que la arqueología desmiente. Tercero, el orden de la creación: las plantas antes que el sol. Cuarto, el Dios que prueba con enfermedades, calificado directamente de cruel.
La contrarréplica más citada no niega nada de eso. Se limita a señalar que la crueldad es un rasgo del mundo, no un argumento contra su origen, y devuelve la pelota: que alguien diseñe una existencia justa y sin contradicciones. Hasta ahora, silencio.
La serpiente tenía razón y el castigo era el miedo
La lectura más incómoda del relato apunta a que Dios miente a Adán y Eva al amenazarles con morir el mismo día que coman del árbol. La serpiente, en cambio, dice la verdad: no morirán, se les abrirán los ojos y serán semejantes a Dios. Es exactamente lo que ocurre. Después llega la maldición a la serpiente por haber dicho la verdad y la expulsión del paraíso, con un motivo explícito: que no coman también del árbol de la vida y se vuelvan iguales.
El primer Gobierno que miente a sus ciudadanos y castiga al que filtra la verdad, resume una de las intervenciones más celebradas.
Hay quien va más allá y sostiene que el Dios de las religiones es, en realidad, el diablo de las religiones, y que con ese trueque todo encaja de golpe. Otros leen el Génesis como un texto del antiguo Israel, con su propia historia y sus propios mitos, sin vocación de cronología universal.
¿Y si Dios fuera el propio sujeto que pregunta?
Otra corriente abandona la teología y se mete en metafísica. El Dios bíblico no tiene forma estable, no se localiza, no puede mirarse de frente sin morir ni nombrarse sin ambigüedad. Eso encaja mal con un ser y muy bien con aquello que hace posible cualquier experiencia: no un personaje dentro del mundo, sino el fondo desde el que el mundo aparece. La conclusión lógica, en esta línea, no es que Dios no exista, sino que el Dios de curas e imanes es un personaje de fábula, un señor feudal celestial inventado para justificar al señor feudal terrenal.
La objeción llega rápido: si Dios es el sujeto, no hay a quién preguntar antes de nacer. Y ahí se abre el tramo más áspero.
Si vamos a vivir en un mundo imperfecto lleno de sufrimiento, lo mínimo sería preguntar antes si queremos participar, plantea una intervención. La respuesta de corte oriental no tarda: el castigo eterno presupone una posición pasiva, cuando en realidad reproducimos el sufrimiento minuto a minuto dirigiendo la atención al ruido. La contrarréplica es tajante: nadie desea el sufrimiento, ni para sí ni para ningún ser sintiente.
La misericordia necesita su sombra
El argumento que cierra el círculo es el de la dualidad: la misericordia solo cobra sentido con su opuesto, solo si hay sombra y sufrimiento hay alegría y éxtasis. De ahí se salta a la conclusión de que este plano terrenal es, para muchos, el infierno mismo, y a la pregunta de para qué crea Dios a hijos que ya sabe cómo van a salir. La respuesta más repetida: los crea buenos, sin sufrimiento, y problema acabado.
El material no llega a cerrar nada. Queda flotando la sospecha de que el relato sirve para atenuar la ansiedad por lo desconocido, de que las narrativas se institucionalizan y se convierten en negocio, y de que la necesidad de un padre en el cielo es psicológica antes que teológica. El cálculo completo de las generaciones patriarcales, con sus edades encadenadas, da una cifra que descoloca a cualquiera que la sume. Ahí sigue la discusión.