La declaración europea sobre Groenlandia: firmas, no flotas
Varias capitales europeas han firmado una declaración conjunta sobre Groenlandia. El texto respalda la soberanía de Dinamarca sobre la isla más grande del planeta y rechaza cualquier cambio de estatus por la vía de los hechos, en pleno pulso con Washington por su control. El documento se lee en tres minutos. Y en esos tres minutos no aparece ni un buque, ni un avión de combate, ni una batería antiaérea destinada a la isla.
Es el patrón de siempre: mucha firma y ningún medio. La pregunta que sobrevuela el asunto no es qué dice el comunicado, sino qué pasa el día en que alguien mueva ficha de verdad.
¿Qué dice la declaración conjunta de países europeos sobre Groenlandia?
Dice, básicamente, que la isla es danesa y que nadie debería cambiarlo por las bravas. El respaldo formal a Copenhague es unánime y barato: no compromete capacidades militares ni calendarios. De ahí que la reacción más repetida sea la misma pregunta con distintas palabras: ¿y llegado el momento?
El análisis más extendido sostiene que, si el escenario se calienta, Dinamarca se queda sola con su comunicado. Europa firma la protesta, pero no la respalda con presencia física sobre el terreno. Y sin presencia, una declaración es una nota de prensa con membrete.
Groenlandia no vota en Bruselas: a quién obliga la declaración europea
Groenlandia es un territorio autónomo danés que no forma parte de la Unión Europea y que tiene capacidad de decisión propia sobre su estatus. Traducido: las capitales europeas opinan sobre la isla exactamente con el mismo peso institucional que pueda tener la Casa Blanca. Ni más ni menos.
Hay una corriente de análisis que va más allá y niega el sujeto mismo de la declaración: sostiene que Europa no existe como actor único, que nunca existirá, y que su peso económico y productivo se ha ido apagando hasta hacer poco atractiva la pertenencia al club. Con ese punto de partida, la firma conjunta se lee como un gesto de salón.
A esto se añade una paradoja que nadie ha resuelto: la isla está dentro del paraguas de la OTAN. Es decir, que el país que fundó la alianza presione militarmente a otro miembro deja el artículo de defensa colectiva en una zona gris incómoda.
Disuasión nuclear: Francia tiene las llaves y nadie las va a girar por Dinamarca
El arsenal nuclear europeo es francés, no comunitario. Y París no va a soltar un pepino por una isla del Ártico danés, por mucho que la isla sea estratégica. Ese es el consenso más sólido de todo el asunto.
De ahí salen las propuestas maximalistas que se repiten en los foros de geopolítica: disuasión nuclear para todos los socios europeos relevantes, misiles intercontinentales y una doctrina de represalia pública, salvaje y creíble. El argumento de fondo es que el paraguas ajeno se cierra cuando conviene al dueño del paraguas.
La contrarréplica es que el problema no es material, sino político: capacidad de disuasión hay, voluntad de usarla no. Y sin voluntad declarada, el arsenal es mobiliario.
El precedente del Perejil, el Sáhara y Ceuta: por qué España mira de reojo
La comparación histórica que recorre el asunto es incómoda para todos. Cuando Marruecos se movió sobre el islote del Perejil en 2003 no hubo declaración conjunta de países europeos. Tampoco cuando España reorientó su posición sobre el Sáhara Occidental, con el precedente que eso supone para Ceuta, Melilla y las Canarias.
En la acera danesa se recuerda que Copenhague no protestó cuando España perdió Cuba y Filipinas en 1898. El corolario que se extrae es simple: cada cual mira su patio, y el de Groenlandia queda a 3.000 kilómetros de los demás.
El 5% del PIB en defensa y las puertas traseras: lo que costaría la autonomía
Otra línea de análisis sostiene que todo este episodio le sale gratis a Washington: obliga a Europa a gastar cerca del 5% del PIB en defenderse de amenazas externas, mientras la potencia americana se concentra en China. Un win-win para EEUU, con el resto del mundo fuera del foco.
Al margen del gasto, hay quien señala un problema menos discutido: la dependencia tecnológica. Aviación, comunicaciones y software vienen de fuera, con protocolos ajenos y monitorización constante. De ahí la propuesta de un sistema operativo europeo, hardware propio y hasta una red paralela. Quien controle el protocolo, controla el interruptor.
Queda el dato que descoloca. Dinamarca ya vendió territorio a EEUU una vez: las Islas Vírgenes danesas, en plena Primera Guerra Mundial, por cuatro perras. El comprador no ha cambiado. El vendedor, tampoco.