Debí haber sido arrojado a la materia bajo la forma de una mujer. Al fin y al cabo, mi mente opera con esa misma e implacable exigencia estética: soy un superficial irredento que se niega a validar la antiestéticaldad del erial. Habría habitado una soberbia y orgullosa condición mujerona, blindada bajo la coraza arquitectónica de un coqueto conjunto de Chanel; una fiera indómita dictando las leyes del deseo y la elegancia en mitad de la simiada. Pero la facticidad biológica no admite enmiendas. Estoy condenado a liquidar el papel asignado en este confinamiento: ser el pequeño y dulce Nando, el Niño Lunar que observa la parodia desde la penumbra.
— Firmado: Nando el Hispano, el niño más inteligente existente en este planeta azul, autor de «El Niño Lunar: la imposición de nacer». La única obra axiomática existente en este erial de barro y mediocridad disfrazada de intelectualidad.
— Firmado: Nando el Hispano, el niño más inteligente existente en este planeta azul, autor de «El Niño Lunar: la imposición de nacer». La única obra axiomática existente en este erial de barro y mediocridad disfrazada de intelectualidad.