Los mejores generales de la historia según Napoleón, sin él
Napoleón Bonaparte no se incluyó en su propio ranking. Los siete nombres que dejó —Alejandro Magno, Aníbal Barca, Julio César, Carlos XII de Suecia, Turenne, Eugenio de Saboya y Federico el Grande— siguen alimentando una discusión que no se cierra ni a tiros. La pregunta es directa: ¿cuál de los mejores generales de la historia fue el mejor? Y la respuesta depende por completo de qué se mida: la herencia, el milagro táctico o la calidad del rival.
¿Qué generales eligió Napoleón y por qué no se puso a sí mismo?
La lista mezcla dos mundos. El bloque clásico —Alejandro, Aníbal, César— y el moderno, con Carlos XII de Suecia,
Turenne, Eugenio de Saboya y Federico el Grande. La ausencia del propio Napoleón se lee, según quien abrió el hilo, como un arrebato de humildad. Fuera de la nómina, los nombres brotan solos: Rommel, Patton, Belisario, Gengis Kan, Tamerlán, Hernán Cortés, Trajano, Gonzalo Fernández de Córdoba o
Blas de Lezo. La lista original, en otras palabras, es un punto de partida y no una sentencia.
Aníbal, el táctico que puso a Roma contra las cuerdas
El cartaginés concentra los mejores argumentos. Encadenó
Trebia, Tesino, Trasimeno y Cannas contra los ejércitos que entonces dominaban el Mediterráneo, lo hizo en inferioridad numérica y en territorio hostil, y mantuvo su ejército en la península itálica cerca de
quince años sin que nadie lograra desalojarlo. Sobre el papel, un milagro logístico sostenido.
La objeción llega por el otro flanco. Frente a un comandante romano competente, el brillo se apaga: Quinto Fabio Máximo, sin ser ninguna lumbrera, le contuvo; Marco Claudio Marcelo le plantó cara; Escipión le ganó la partida llevando la guerra a África. Hay quien sostiene que Aníbal nunca derrotó a un gran general, y ese argumento pesa.
Julio César y el problema del enemigo competente
Aquí la balanza se inclina. César se enfrentó a Pompeyo —que no era manco— y le ganó en
Farsalia en inferioridad de condiciones. No combatió a un pueblo recién entrado en la Edad del Hierro, sino a legionarios con sus mismas armas, doctrina y entrenamiento. Vencer a un igual con idénticas herramientas es un mérito de otra escala. Quien defiende esta tesis suele rematar con un detalle: César ganó además la Corona Cívica, la condecoración por salvar a un conciudadano en combate.
Alejandro, Carlos XII y el resto de la lista
Alejandro Magno arrastra dos etiquetas incómodas: la del genio y la del heredero. Recibió de su padre Filipo un ejército reorganizado, unas tácticas nuevas, generales competentes y hasta el plan de invadir Persia; tuvo a
Aristóteles de tutor. Eso no lo convierte en un figurín, pero explica una parte del resultado. Su campaña en el valle del Indo fue exitosa, aunque casi pierde la vida en el asedio de
Multan; el desastre real vino después, al cruzar el desierto de Gedrosia.
Carlos XII de Suecia tiene defensores férreos: quien lo pone primero recuerda que se midió a rivales con su misma tecnología. Federico el Grande es el más discutido: fue derrotado varias veces, y en
Koslin unos
43.000 rusos le hicieron morder el polvo. Eugenio de Saboya, para una parte, no pasó de general correcto; para otra, su papel en la expulsión del Imperio otomano de Austria lo justifica todo.
Los que faltan: Blas de Lezo y la tesis del creador
Hay un nombre que vuelve una y otra vez: Blas de Lezo y su defensa de
Cartagena de Indias. Su planteamiento no fue resistir a lo bruto, sino burlar a una armada muy superior. La hazaña es tan contundente que los historiadores militares la desempolvaron hace relativamente poco, igual que
Castelnuovo o
Cagayán.
Existe además una corriente que reordena el criterio entero: los grandes no son quienes ganan batallas, sino quienes cambian cómo se hacen. Bajo esa lupa, el primer puesto sería para quien empezó a emplear el caballo como arma, y el segundo para
Cayo Mario, el primero en entender que una legión romana podía transformar el terreno y aprovecharlo. Filipo de Macedonia y Amílcar Barca encabezan esa lista de
padres de ejércitos, los que fabrican la máquina que otros pilotan.
Con estos mimbres, cualquier pronóstico es frágil. Si el criterio es ganar contra un igual, César aguanta el primer puesto una temporada más. Si el criterio es la innovación, el ganador ni siquiera tiene nombre conocido.