Darwinismo: el mito del azar que la ciencia no termina de cerrar
Cuando un foro de debate lleva más de mil días discutiendo si Darwin acertó o no, algo huele a podrido en el relato oficial. La crítica al darwinismo no es nueva, pero resurge con fuerza al calor de hallazgos que la biología contemporánea no termina de encajar en el esquema de mutaciones aleatorias y selección natural.
El argumento central de los escépticos es que el azar no puede acumular cambios favorables sin un «objeto» o dirección. «La acumulación hereditaria de cambios favorables para la supervivencia implica un objeto de supervivencia; el caos no acumula, eso lo hace un algoritmo con objeto», resumen. La selección natural sería la consecuencia del cambio favorable, no su causa. En otras palabras, la teoría darwinista clásica confunde el efecto con el motor.
El azar no da la talla: la paradoja de la acumulación
La objeción es tan vieja como la propia teoría: ¿cómo puede el ciego azar producir estructuras de complejidad irreductible, como el flagelo bacteriano –un motor rotatorio con estator, rotor y engranajes– que deja de funcionar si se elimina una sola pieza? Para los críticos, eso exige un diseño o al menos una ley interna que guíe el proceso. Se apela al «postulado de Cournot»: cualquier suceso con probabilidad inferior a 10⁻⁵⁰ se considera imposible en la práctica. La aparición de sistemas biológicos complejos por mera combinatoria genética rozaría ese límite.
De Darwin a San Agustín: el retorno del «logos»
Curiosamente, algunos ven en el darwinismo una desviación de ideas evolucionistas más antiguas, como las «rationes seminales» de San Agustín, que postulaban que las potencialidades de todas las criaturas estaban ya inscritas en la creación. El concepto de «logos spermatikos» –un principio racional interno– se asemeja a corrientes actuales como el internalismo en biología, que sostiene que las fuerzas determinantes del desarrollo residen en el interior del organismo, no en accidentes externos.
La pregunta que flota es si el evolucionismo darwinista, que eliminó deliberadamente la necesidad de un creador consciente, no habrá sustituido un mito por otro. El mismo Darwin desconocía las leyes de Mendel –publicadas póstumamente en 1900– y la genética moderna, que hoy ofrecen explicaciones mucho más refinadas, pero también plantean nuevos interrogantes sobre el papel del azar.
La evolución no se discute; el mecanismo, sí
Nadie sensato niega que las especies cambian con el tiempo. El debate no es la evolución, sino el mecanismo: ¿es el darwinismo –azar ciego más selección natural– suficiente para explicar la complejidad biológica? Hay quien sostiene que la epigenética y la teoría de sistemas complejos permiten integrar el darwinismo en procesos más amplios, donde el azar no es absoluto sino que opera dentro de restricciones sistémicas. Otros, en cambio, ven en estas limitaciones la prueba de que el relato oficial es un mito con los pies de barro.
La cuestión última, como apunta un analista, es cómo eludir la sospecha de que la racionalidad que percibimos en la naturaleza es el eco de una racionalidad mayor. ¿Puede un universo inconsciente generar consciencia? El hilo deja la pregunta abierta.