Dadme un motivo para volver a un foro que ya no sabe por qué existe
La pregunta que abre este espacio es tan simple que incomoda: ¿para qué entrar aquí? La respuesta que recibe no es un argumento, es un espejo. En apenas 15 intervenciones, el asunto deriva hacia algo más incómodo: la constatación de que el lugar donde se supone que uno se ríe y se informa se ha convertido en un ejercicio de resistencia contra la
censura, el sinsentido y la propia vida. El autor del mensaje inicial lo plantea sin anestesia: dice haber cambiado los videojuegos por lo que llama
la vida real, una «3d simulación» en la que trabaja, va al gimnasio y estudia. Y confiesa haber recibido amenazas de muerte por privado.
Soy muy polémico, lo sé, escribe.
¿Qué se responde cuando alguien pregunta para qué entrar?
Las respuestas se dividen en tres bloques. Un grupo responde con el chiste fácil y la provocación: insultos, referencias sexuales y una frase que resume el tono de esa corriente,
no hay ni una sola hembra humana. Otro bloque responde con el diagnóstico de que el espacio se ha vuelto más censurado y más poblado de contenido generado por inteligencia artificial, aunque uno de los intervinientes matiza que, aun así,
es mejor que twitter y demás. Y un tercer grupo, el más revelador, responde con el motivo más honesto de todos: entrar para reírse de los que no piensan como uno, para ver que uno no está tan mal como creía, o directamente para no entrar nunca más.
La paradoja de un lugar que se define por lo que no es
Hay una respuesta que condensa el espíritu del conjunto:
yo vengo aquí a animarme viendo que no estoy tan jodido como pensaba. Es la lógica del escalón: no se viene a sumar, se viene a comparar. Otro mensaje lleva esa lógica al extremo y describe el lugar como un ejercicio de supervivencia: desear no haber nacido, sentir la derrota absoluta, la desidia, el fracaso, la miseria, y aun así concluir que
sobrevivir a este foro es estar a un paso de la inmortalidad. La conclusión es tan retorcida como lógica: si no se puede caer más hondo, uno se vuelve invencible.
¿Por qué algunos defienden que aquí no hay censura?
La acusación de censura recibe una respuesta que la desactiva por la vía de la provocación:
aquí no hay censura, mirad, seguido de una retahíla de consignas que, precisamente por su contenido, demuestran lo contrario de lo que pretenden. Es el mecanismo clásico: se confunde la ausencia de filtros con la ausencia de consecuencias. El matiz lo aporta quien sostiene que la censura existe pero que el resultado sigue siendo preferible a otras plataformas. No hay acuerdo, y el desacuerdo no se resuelve: se aparca.
El cierre: la vida real como último argumento
El mensaje inicial ya había dado la respuesta sin darse cuenta. Dice haber dejado los videojuegos por el gimnasio, el trabajo y el estudio. Dice haber recibido amenazas. Y aun así pregunta para qué volver. La respuesta que recibe de varios lados es la misma:
borra tu cuenta y bloquea el acceso. El análisis se atasca exactamente ahí, en el punto en que la pregunta por el motivo se convierte en la constatación de que ya no hace falta ninguno.