Cuántos españoles de pura cepa tienen rasgos turcochinos
La pregunta no es nueva, pero el inventario de casos que ha circulado en los últimos tiempos la vuelve incómoda. Carlos Bardem, El Fary, Wall Street Wolverine, Héctor Bellerín, El Chino Losada, Paquirrín, El Lobo Carrasco. Todos comparten un mismo patrón fenotípico: pómulos altos, ojos rasgados, mandíbula ancha. Y todos, según el recuento que se ha ido haciendo, son españoles de pura cepa. La cifra que se maneja es contundente:
un millón seguro que los hay, si no más.
El asunto no es baladí. Toca de lleno el relato de la homogeneidad racial española, ese que se cae a pedazos en cuanto se rasca un poco la historia. Porque la península ha sido durante milenios un corredor de paso: visigodos, alanos, suevos, tartessos, fenicios, romanos, árabes, bereberes, judíos. Y luego, ya en la Edad Moderna, los colonos alemanes y flamencos que Carlos III trajo para repoblar el norte de Andalucía.
El fenotipo turcochino: qué es y por qué aparece
El término «turcochino» no es una categoría antropológica. Es una etiqueta coloquial que se usa para describir un conjunto de rasgos:
ojos con pliegue epicántico, pómulos marcados, mandíbula ancha, rostro relativamente plano. Rasgos que, según se argumenta, recuerdan a poblaciones de Asia Central y Extremo Oriente.
La pregunta es de dónde salen. La respuesta corta: de la mezcla. La respuesta larga: de mezclas muy antiguas y muy diversas. Hay quien sostiene que los alanos, pueblo iranio de la región del Cáucaso, dejaron su huella. Sus descendientes modernos serían los osetios, vecinos de chechenos y georgianos. Otros apuntan a las migraciones mongolas, esas que dejaron un reguero genético por toda Eurasia. Y no falta quien recuerda que los visigodos, en el fondo,
eran todos así, rollo Atila.
El problema de estas hipótesis es que son difíciles de verificar. La genética de poblaciones es un campo minado. Los melanocitos distribuyen la pigmentación de forma diferente en cada ojo. Un mismo gen puede expresarse de forma incompleta y dar lugar a iris con zonas verdes y marrones, lo que se conoce como
color avellana. Y eso, en una familia, puede aparecer y desaparecer durante generaciones.
La herencia genética: ojos verdes, marrones y el mito de la pureza
La genética no entiende de purezas. Un padre con ojos verdes y una madre con ojos marrones pueden tener hijos con ojos azules. Un abuelo con rasgos «turcochinos» puede tener nietos que no los tengan. Y viceversa. El gen recesivo viaja durante generaciones sin manifestarse, hasta que dos portadores se juntan.
En el caso español, la mezcla es la norma, no la excepción. Los iberos del sur y sureste estaban muy mezclados con norteafricanos y levantinos. Los celtíberos, con celtas. Los visigodos, con la población hispanorromana. Y así hasta hoy. Decir que existe una «raza española pura» es, cuando menos, una simplificación.
Lo que sí es cierto es que hay rasgos que reaparecen. Y que la cifra de un millón de españoles con fenotipo turcochino, aunque sea una estimación a ojo, no es descabellada. En un país de 47 millones de habitantes, un millón es el 2%. Y el 2% es perfectamente compatible con la mezcla histórica.
El caso de los colonos alemanes en Andalucía
Hay un episodio que suele salir en estas conversaciones: la repoblación de Sierra Morena y el norte de Andalucía con colonos alemanes y flamencos durante el reinado de Carlos III. Se calcula que llegaron unos 6.000 colonos, en su mayoría católicos alemanes, flamencos y suizos. Se asentaron en zonas despobladas y fundaron localidades como La Carolina, en Jaén.
El impacto demográfico fue limitado, pero dejó rasgos visibles. Rubios, ojos claros, complexiones robustas. Y, con el tiempo, mezclados con la población local. Hoy, en esas zonas, es relativamente común encontrar personas de pelo claro y ojos azules.
Una herencia que se ha ido diluyendo pero que no ha desaparecido.
¿Por qué nos empeñamos en clasificar a la gente por su aspecto?
Porque el aspecto es lo primero que vemos. Y porque las categorías raciales, aunque sean un invento social, tienen consecuencias reales. La pregunta «cuántos españoles de pura cepa son turcochinos» es, en el fondo, una pregunta trampa. Porque presupone que existe una cepa pura. Y no existe.
Lo que existe es una población mezclada hasta el tuétano. Con rasgos que vienen de aquí y de allá. Con ojos que pueden ser verdes, marrones o avellana. Con apellidos que no dicen nada sobre el fenotipo. Y con una historia que, lejos de ser homogénea, es un mosaico.
La próxima vez que alguien suelte eso de «es que los españoles somos así», conviene recordarle que
Carlos Bardem, El Fary y Paquirrín comparten patrones fenotípicos con poblaciones de Asia Central. Y que eso no los hace menos españoles. Los hace más españoles, si cabe. Porque la mezcla es la única tradición verdaderamente nacional.