Moscú contra Washington: una semana, dos años o nunca
Hay quien sostiene que Estados Unidos derrotaría a Rusia en una guerra convencional en cuestión de semanas. Y también es defendible, según otros participantes, que no pudiera derrotarla jamás. Las dos conclusiones se apoyan en los mismos datos, y ahí está el problema: la respuesta cambia según qué se decida ignorar.
El escenario que se discute es concreto: una ofensiva aliada hacia Moscú, sin armas nucleares de por medio, ¿cuántos días tarda en llegar? El abanico de respuestas va de los siete días a la eternidad, con un punto intermedio que gana fuerza cada vez que alguien recuerda el tamaño del terreno.
Por qué la comparación con Irak no sirve
El argumento más repetido es Irak: la campaña se cerró en apenas tres semanas contra un ejército que, se sostiene, daba varias vueltas al ruso actual. De ese cálculo sale la predicción más agresiva: menos de una semana para tener el objetivo a tiro.
El problema es que a Rusia no se entra por un desierto. Frente a ese optimismo aparece un escenario de no más de dos años de guerra convencional y el recuerdo de que Afganistán comparte frontera y aun así terminó mal, igual que la primera guerra en Chechenia. Vietnam funciona como vara de medir hasta que se mira el mapa: allí no había miles de kilómetros de retaguardia ni industria armamentística detrás de los Urales.
La logística manda: 1,2 millones de efectivos y 3.000 soldados en Rota
Aquí, según varios participantes, Estados Unidos juega con ventaja. Su capacidad de sostener suministro, bases y hasta comida rápida en mitad de una campaña no tendría rival conocido, y se resume en una frase que se repite: es el único país capaz de intervenir en cualquier punto del globo en 24 horas.
Los números, sin embargo, se leen de forma muy distinta según quién los cuente. Ese total de
1,2 millones de efectivos se descompone en 200.000 civiles uniformados, 200.000 reservistas y 800.000 restantes sin desglose público. En una base como la de Rota, la versión oficial habla de
3.000 militares; desde la zona se responde que la cifra real sube en cuanto se cuenta a familias, profesores, personal de tiendas y contratas. Enfrente, un participante cifra China en 200.000 militares en activo y dos millones en reserva.
El dato que desmonta el relato del cine: el 80% de las bajas alemanas
Alemania sufrió, según el dato que aporta uno de los participantes, el
80% de sus bajas militares contra la URSS. El préstamo y arriendo estadounidense fue muy útil, se concede, pero llegó a un ejército que ya había destrozado a la Wehrmacht en operaciones como Bagration mientras los aliados occidentales tardaban en desplegarse en el norte de Francia contra divisiones peores y menos numerosas. Es el argumento más incómodo para quien reduce una guerra a superioridad de material.
¿Garantiza algo la superioridad aérea?
No. Corea terminó en alto el fuego, Vietnam en retirada y Afganistán en salida, y las tres se libraron con dominio del aire. La conclusión que se extrae es dura para el optimismo: contra un rival con defensa antiaérea moderna y experiencia de combate, el control del cielo deja de ser una promesa de victoria y pasa a ser una condición previa.
¿Puede Rusia movilizar varios millones de soldados?
Sobre el papel, sí: varios millones de efectivos, cierre del espacio aéreo y capacidad de castigar cualquier blindado que pise su terreno. Ese es el escenario que más se repite para descartar una campaña terrestre rápida. La objeción es el historial: movilizar no es ganar, y las campañas afgana y chechena lo dejaron claro.
Las 200.000 bajas que ningún ejército aliado está diseñado para encajar
Según el escenario que se plantea, ningún ejército de la OTAN está preparado para una operación con
200.000 bajas. A ese coste, el asunto deja de ser militar y se vuelve político: en la segunda semana de un desastre así, el debate público gira hacia quién responde por él, no hacia el frente.
La carta nuclear: destrucción mutua y una incógnita llamada China
Aquí se acaba el ejercicio. Los misiles lanzados desde submarinos en el Atlántico aparecen como el punto final de cualquier cálculo, y la conclusión dominante es la destrucción mutua asegurada: si entra en juego el arsenal nuclear, no queda nadie para celebrar la victoria.
Rusia tendría menos que perder, se argumenta, aunque no está claro si eso disuade o invita. Y queda la pieza que nadie controla: según uno de los participantes, China empuja a Rusia para desgastar a Washington, no por afinidad, y cambiará de socio si el negocio cambia.
Con la disuasión funcionando, la predicción más razonable es que no haya respuesta limpia: ni una semana ni una eternidad, sino un pulso congelado. Si algún día deja de funcionar, la pregunta sobre Moscú será lo menos importante de la mañana.