El alumbrado navideño se apaga en las calles mientras el gasto se enciende en las casas
Hay una escena que se repite en muchas ciudades esta temporada: calles principales sin luces, plazas con adornos mínimos y vecinos que se preguntan si el ayuntamiento ha decidido ahorrar o simplemente ha dejado de creer en la Navidad. En un foro de economía, un participante lo describía sin rodeos: «en una de las principales calles de la ciudad prácticamente no hay ni luces, estamos pasando de poner alumbrado neutro a poner muy poco». La queja no era solo estética. Detrás hay una pregunta que muchos se hacen: ¿cuánto le queda a la Navidad tal y como la conocíamos?
La respuesta que emerge del debate no es única. Hay quien sostiene que la fiesta está siendo vaciada por decisiones políticas, quien apunta al consumo como único motor que la mantiene viva y quien defiende que, mientras haya familias y recuerdos, la Navidad seguirá existiendo aunque el ayuntamiento apague las luces. Lo que sigue es un repaso a los argumentos, los datos y las predicciones que se cruzaron en la discusión.
El alumbrado público como termómetro de la Navidad
La primera señal de alarma llegó por las luces. Varios participantes coincidieron en que el alumbrado municipal se ha reducido o directamente ha desaparecido en algunas zonas. Uno de ellos aseguraba que en su barrio «siempre se han puesto las luces pronto» y este año, de momento, no hay nada. Otro respondía con escepticismo: «Vives en el desierto? Xk en España hay luces hasta debajo del agua». La discrepancia es real: depende de la ciudad y del barrio.
El debate derivó pronto hacia la gestión política. Se citó un tuit que comparaba el alumbrado de Barcelona con «el menú de un bar» y se atribuyó la decisión a «farigoladas del PSC-PSOE y ERC». La ironía sobre el supuesto carácter identitario de la escudella y los canelones sirvió para ilustrar una tesis más amplia: que las administraciones están sustituyendo los símbolos tradicionales por otros más neutros o simplemente recortando el gasto. No hay cifras oficiales en la discusión, pero sí la percepción de que el esfuerzo económico municipal ha caído.
Frente a esa lectura, algunos participantes defendieron el ahorro: «Todo lo que sea no despilfarrar dinero público me parece bien». La discusión, por tanto, no es solo cultural; también es de prioridades presupuestarias.
El consumo como único sostén de la fiesta
Si las luces públicas se apagan, las privadas siguen encendidas. Varios mensajes señalaron que los supermercados y centros comerciales empezaron a poner adornos navideños «a finales de septiembre». Es decir, el sector privado no ha abandonado la Navidad; la ha adelantado y la ha convertido en una temporada de compras más larga. Un participante lo resumía con sarcasmo: «Se dejará de celebrar la Navidad pero no el blackfriday... eso no».
La crítica al consumismo fue transversal. Se describió la Navidad como «una orgía consumista irracional» que pierde sentido en una sociedad cada vez menos religiosa. Otro añadía que la fiesta se ha reducido a «dar regalos, comer, beber, ver a gente que no...». La paradoja es evidente: cuanto más se vacía de contenido religioso, más depende del gasto para justificarse.
Esa dependencia tiene una consecuencia económica clara. Si el consumo es el motor, la Navidad durará mientras haya capacidad de gasto. De ahí la predicción de un participante: «las navidades desaparecerán cuando desaparezca la paga extra». La frase, medio en broma, apunta a un vínculo real entre la fiesta y la estructura salarial española.
La tesis del reemplazo cultural y sus límites
Una parte del debate se centró en la idea de que la Navidad está siendo sustituida por otras celebraciones. Se mencionaron Halloween, el Black Friday y la «cena de acción de gracias» como ejemplos de fiestas importadas que ganan terreno. Alguien pronosticó que la palabra Navidad desaparecerá y se hablará de «fiestas de invierno», desconectadas del 24 y 25 de diciembre.
En esa línea, varios mensajes vincularon la supuesta pérdida de la Navidad con la presencia de población musulmana en Europa. Se citaron tuits sobre ataques a árboles de Navidad en Estambul y sobre el cierre de ferias navideñas en Alemania por riesgo de atentados. Es importante señalar que estas afirmaciones no están verificadas en el material y se presentan como opiniones o denuncias de terceros. El propio debate incluyó contraargumentos: un participante musulmán explicó que en el Islam la celebración principal es el Ramadán y el Eid, y que muchos musulmanes en Europa participan de la Navidad de forma leve, como reunión familiar. Otro añadió que las Navidades también se celebran en países de mayoría musulmana, como Siria o Egipto.
La discusión derivó en un cruce de acusaciones sobre quién abandona la fe. Un participante señaló que «incluso los que se dicen católicos no van a misa», mientras otro atribuía el declive al «aire pueril y afeminado de la iglesia de hoy». En conjunto, la tesis del reemplazo cultural queda como una hipótesis discutida, no como un hecho probado.
La Navidad como memoria familiar frente al calendario oficial
Frente a los agoreros, varios participantes defendieron que la Navidad no depende de las luces ni de los ayuntamientos. Uno de los mensajes más valorados lo expresaba con contundencia: «Durará, al menos mientras yo viva con consciencia y capacidad para celebrarla. [...] Me quitas la Navidad y me quitas algunos de los recuerdos más entrañables de mi vida». La fiesta, en esta lectura, es un asunto privado, de ethos y de ADN familiar, no una concesión administrativa.
Otros aportaron ejemplos concretos de tradiciones que siguen vivas. Se mencionó Ferrol, donde la tradición belenística heredada de los barcos que llegaban a Nápoles se mantiene con decenas de belenes en locales del centro, algunos con casi 80 años de historia. También se describieron prácticas individuales: enviar tarjetas, montar el Belén, encender la vela de Adviento, ir a la misa del gallo. «Es un grano de arena? Sí», reconocía quien las enumeraba.
La conclusión que se extrae de esta parte del debate es que la Navidad tiene dos velocidades: la pública, que se apaga o se transforma, y la privada, que resiste mientras haya familias dispuestas a sostenerla. La pregunta es cuánto tiempo puede mantenerse esa segunda sin la primera.
¿Cuánto le queda a la Navidad? Depende de a quién se pregunte. Para unos, dos telediarios. Para otros, toda una vida. Lo único claro es que el debate ya no va de luces, sino de qué estamos dispuestos a pagar —en dinero y en atención— por una fiesta que ya no es obligatoria.