Consumo de alcohol a la semana: entre la rutina y el exceso
Ha pasado lo que tarda una buena
sequía alcohólica en romperse: un año. Este verano, la cerveza diaria o doble ha vuelto a escena, acompañada de mojitos y sangrías los fines de semana. La panza cervecera avanza, pero la voluntad de parar no aparece. Es un patrón reconocible en muchos hogares españoles: el consumo diario de alcohol se normaliza mientras la conciencia del daño se mantiene en un segundo plano.
Quien alterna semanas de abstinencia con atracones de 5 cervezas y un chupito o 2 copas de whisky más 2 o 3 cervezas admite que el alcohol resta potencial físico y mental. El
gimnasio se resiente, la claridad mental se difumina. Pero en el otro extremo, hay quien defiende el atracón programado: beber solo el fin de semana, sin límite, y describir la borrachera como una experiencia casi mística que convierte lo cotidiano en un descojone constante. La ausencia total de resaca refuerza la ilusión de que el daño es mínimo.
Entre medias, la abstención total aparece como postura minoritaria pero firme: cero alcohol y cero ganas de quitarle a nadie su placer. El debate revela que el alcohol sigue siendo un tóxico legal aceptado socialmente, con el que cada cual negocia su propio riesgo. Mientras las cantidades se cuentan en unidades y las resacas en horas, la pregunta de fondo sigue abierta: ¿cuánto alcohol es demasiado?