Zelensky, el cómico que prometió la paz y acabó en guerra
¿Cómo pasó Volodímir Zelensky de prometer el fin de la guerra del Donbás a liderar Ucrania en plena invasión rusa? La paradoja se sostiene sobre tres piezas: un
humorista sin experiencia política que ganó las elecciones con votos también del este del país, un mandato que viró hacia el atlantismo y un conflicto que ha dejado a Ucrania sin buena parte de su población activa. El detonante que reabre la polémica es un mensaje que pregunta sin rodeos si Zelensky fue amenazado para dar ese giro o si directamente
mintió desde el principio. La respuesta corta: no consta. La larga ocupa el resto de este texto.
De humorista a presidente: qué prometió Zelensky en campaña
El punto de partida incomoda a cualquier relato oficial. Zelensky no era un político de carrera, sino un
actor y humorista que se hizo célebre sobre un escenario. Su campaña se apoyó en una promesa muy concreta: terminar con la guerra del Donbás negociando con Rusia. Ese mensaje caló incluso en las regiones del este, tradicionalmente más próximas a Moscú, que votaron a quien les garantizaba una salida pactada.
Ese detalle —el voto del este que apostaba por entenderse con el vecino— es el que muchos de sus votantes no perdonan. Sostienen que depositaron el voto en una promesa de paz y que se encontraron con lo contrario. La pregunta de si hubo engaño, presión externa o simple cambio de guion sobre la marcha sigue sin respuesta verificable, y conviene decirlo así.
El giro de 180 grados que denuncian sus votantes
Aquí está el núcleo de la acusación más repetida. Sus críticos afirman que, una vez en el cargo, hizo lo contrario de lo prometido: hablan de normas para retirar la ciudadanía a habitantes del Donbás y de una ofensiva militar sobre esa región. En esta línea se llega a sostener que Rusia intervino para frenar un supuesto genocidio en el este. Son afirmaciones graves que circulan sin resolverse y que se manejan aquí como lo que son: versiones en disputa, no hechos probados.
La versión opuesta no niega el giro, pero le cambia el motivo. Para unos, Zelensky simplemente se plegó a los intereses de Washington; para otros, la guerra le vino impuesta por la invasión rusa y no al revés. En medio queda una certeza incómoda: el país ha perdido territorios ricos, mano de obra y a buena parte de una generación de hombres enviados al frente.
Zelensky y Churchill: el paralelismo que nadie cierra
La comparación con Winston Churchill es el terreno donde el análisis se calienta. Hay quien ve a Zelensky como el nuevo Churchill: un líder que, con todas sus sombras, resiste en el momento decisivo. Y quien recuerda que el británico arrastraba sus propios esqueletos —el episodio colonial indio, la sangría de la Primera Guerra Mundial— y que fue defenestrado por los votantes en cuanto la contienda terminó.
La lectura crítica con el paralelismo es igual de dura. Se apunta que
Churchill no fue nada sin el respaldo estadounidense y sin la sangre de otros pueblos, y que Zelensky encaja mejor en el papel de propagandista que en el de estadista. La cifra que sobrevuela la comparación son los
más de 250.000 británicos muertos en 1916, recordados como parte del balance de aquella generación de dirigentes.
De héroe a responsable: la factura de la guerra
Al retrato del dirigente que camina entre las trincheras se le opone otro, el del hombre que habría arrastrado a su país al desastre. Se sostiene que con él Ucrania gastó el dinero que no tenía en una guerra sin ganancia clara, perdió sus territorios más ricos y los mandó al frente. Hay quien va más lejos y lo describe como responsable de enviar a civiles a combatir. Todas son imputaciones que se lanzan sin sentencia firme y que conviene leer con esa cautela.
Cuando se deja de creer en el voto
La conversación deriva a veces hacia algo más de fondo: la sospecha de que votar da igual. Una parte del análisis sostiene que el sistema está atado por capas y que el resultado de las urnas se decide en otra parte; otra replica que esa tesis no se sostiene con pruebas y que atribuye a una manipulación total un poder que nunca ha demostrado tener. Cuando el asunto se lleva al terreno de las conspiraciones, el argumento pierde casi toda su fuerza.
Lo que queda, en cambio, es una intuición compartida: la de que los dirigentes prometen una cosa y hacen otra, y que al electorado solo le queda manifestarse el día después de la proclamación para recordarles que son mortales.
Al final, el único papel que nadie le discute es el primero: el de cómico. Los demás los ha ido cambiando sobre la marcha, y aún no se sabe cuál le toca estrenar.