Camilo Sesto contra Julio Iglesias: el pulso por la mejor voz
¿Quién fue el mejor cantante melódico que ha dado España? La pregunta lleva más de dos años abierta y nadie ha movido una posición.
Camilo Sesto gana en casi todos los recuentos, Julio Iglesias resiste desde Madrid, Raphael aparece por inercia y Valencia mete dos nombres propios por la puerta de atrás. La lista de agravios dura más que la discografía.
El punto de partida del asunto es una comparación incómoda: España produjo, entre mediados de los 60 y los 70, un plantel de voces que no se replica en ninguna radiofórmula actual. Y no hay acuerdo sobre qué se hizo con ellas.
¿Por qué la pelea entre Camilo Sesto y Julio Iglesias no se cierra?
Porque cada uno representa una cosa distinta. Camilo Sesto murió siendo el cantante más reconocido y, a la vez, el más reivindicado a toro pasado: hay quien sostiene que mereció mucho más de lo que recibió y que el trato dispensado en sus últimos años fue indigno, en contraste con el blindaje que se atribuye a Julio Iglesias por ser madrileño.
Lo de los últimos años no tiene nombre, resume la postura más repetida.
Enfrente, el argumento no es vocal sino de carrera: Julio Iglesias, dicen los suyos, es el mejor de la historia y punto.
Hasta su voz se reconoce para según qué cosas, admiten desde el otro lado, con el «Hey, no vayas presumiendo por ahí» como prueba. La discrepancia, en realidad, no va de quién cantaba mejor: va de qué se hace con una voz así cuando el mercado solo te deja cantar baladas.
¿Qué habría sido de Camilo Sesto en una banda británica?
Aquí el consenso es más amplio de lo que parece. La tesis que recorre el asunto es que Camilo Sesto tenía registro y agresividad para haber cantado hard rock y que acabó en la canción ligera por una razón de geografía, no de talento.
Deep Purple, King Crimson o Gentle Giant aparecen en la comparación; «Child in time» o «Epitaph» en su voz, como ejercicio teórico. La frase que resume la corriente: hubiera sido el Gillan o el Greg Lake español.
No es nostalgia barata. La descripción técnica que se repite es que su voz hacía grandes canciones que no lo eran, que aguantaba el ataque en el agudo y que en directo subía, no bajaba. Y ahí entra el matiz: sus baladas eran mejores de lo que suenan.
Soy su amigo, quiero ser algo más que eso es una letra de karaoke y un drama de tres minutos, según se mire.
Jesucristo Superstar y el papel que nadie ha vuelto a cantar igual
La versión española de la ópera rock de Lloyd Weber y Tim Rice está señalada como el gran trabajo de su carrera. Camilo Sesto, que además produjo y arriesgó su dinero, eligió a Ángela Carrasco para el papel de María Magdalena. El resultado fue un fenómeno popular de tal calibre que el público llevaba a los niños a que se los tocara.
De la representación teatral no queda grabación, solo algunos cortes. Sí queda la banda sonora en español y una versión en directo de
1982 en Mallorca que se cita como referencia de potencia vocal. La polémica sobre la traducción de los 70 —coja, con rimas perdidas y música adaptada con calzador— sigue viva, igual que la comparación con las voces originales del montaje.
Nino Bravo, Juan Camacho, Perales: a quién dejó fuera el relato
El relato de los tres grandes es incompleto. Nino Bravo tenía la voz y murió antes de tiempo; Juan Camacho, también valenciano, dejó una carrera corta y una gran voz. Francisco entra en la lista de voces valencianas. José Luis Perales aparece con una advertencia:
mejor compositor que cantante, y con la broma de que, si le quitas libertad, gaviota y mar, lo dejas sin discografía.
Más abajo en la jerarquía oficial quedan Juan Pardo —Los Pekenikes, Los Brincos, Junior, y una capacidad melódica poco común—, José Vélez y Braulio, Tino Casal o Mónica Naranjo, de la que se destaca el cante por encima de los vaivenes de estilo. Y Pablo Abraira, reina de los karaokes, que dejó el retrato del género: un señor elegante bien vestido cantando al amor antes de que el festival degenerara.
¿Cuántas Eurovisiones se le escaparon a España?
Entre seis y siete, según el cálculo que circula. Entre mediados de los 60 y los 70, con el festival siendo todavía un concurso de canciones, España tenía nivel para haber ganado 6 o 7 ediciones: Julio Iglesias, Karina y Mocedades lo merecieron y Raphael tenía nivel para competir por la victoria. Se llevaron dos: el «La, La, La» con Massiel y el empate compartido de Salomé.
Ese desfase entre lo producido y lo premiado atraviesa todo lo demás. No es un problema de voces. Es un problema de gestión.
Por qué estas canciones vuelven
Porque sonar, suenan. El cassette del Simca, cara A y cara B, camino al pueblo, es la escena que más se repite: la música la elegían los padres y por eso quedó grabada a fuego. La consecuencia se ve en generaciones jóvenes que recuperan esos temas, con «Libre» a la cabeza. El diagnóstico de fondo es otro:
parte de una identidad compartida se fue con ellos y lo que llegó después no estuvo a la altura.
El podio imaginario seguirá decidiéndose en cada karaoke. Camilo no grabó el disco de rock, Julio sigue siendo de Madrid y Nino no llegó a los treinta. La sentencia la dicta quien puso el cassette, y esa instancia no admite recursos.