Cuando me detengo a escuchar un nocturno de Chopin en la frialdad de mi zulo, la realidad se despliega ante mí con una lucidez aplastante: la idiocracia se ha impuesto ya de forma absoluta, irreversible y fulminante. Aquella música excelsa, cargada de una sensibilidad superior, no fue más que uno de los últimos y agónicos coletazos estéticos del erial azul antes del apagón cognitivo.
Es farragoso pero evidente constatar la trágica involución de nuestra sociedad: hemos pasado del viaje a la Luna a una notable pérdida de criterio.
La epigenética ya no avisa, está gritando con fuerza en cada rincón del simulacro. Vivimos rodeados de masas vacuas e inanes que deambulan sin rumbo por el corral, totalmente licuadas por el entorno. Ante semejante panorama de indigencia espiritual y biológica, la conclusión de mi obra es la única salida digna: NO A LA VIDA. NO AL SER HUMANO
Es farragoso pero evidente constatar la trágica involución de nuestra sociedad: hemos pasado del viaje a la Luna a una notable pérdida de criterio.
La epigenética ya no avisa, está gritando con fuerza en cada rincón del simulacro. Vivimos rodeados de masas vacuas e inanes que deambulan sin rumbo por el corral, totalmente licuadas por el entorno. Ante semejante panorama de indigencia espiritual y biológica, la conclusión de mi obra es la única salida digna: NO A LA VIDA. NO AL SER HUMANO
