El adiós al código: la economía según Musk se juega en los centros de datos
En el futuro no habrá código, ni sistema operativo, ni aplicaciones: solo inteligencia artificial. La sentencia no es de un profeta tecnológico cualquiera, sino del dueño de Tesla, SpaceX y xAI, y lleva una tesis económica detrás. Si todo el software se convierte en redes neuronales que generan directamente píxeles, sonido y órdenes, el factor de producción dominante deja de ser el talento humano y pasa a ser la unidad de cómputo. El problema es que, a la hora de poner fechas, el historial de Elon Musk es lo que es: el viaje a la Luna que prometió para 2023 sigue sin despegar.
Pero incluso los escépticos admiten que la dirección interesa. «Cualquier flujo de bits de entrada a cualquier flujo de bits de salida» suena a eslogan, pero ya hay movimientos concretos. xAI ha fichado a exingenieros de Nvidia para desarrollar los llamados «modelos del mundo», capaces de diseñar entornos físicos en tiempo real. El primer campo de pruebas serán los videojuegos, y ahí la amenaza es explícita: adiós a Unreal Engine y Unity, si la IA renderiza directamente lo que el jugador pide.
La economía del fin del trabajo
La discusión sobre la productividad tiene cifras sobre la mesa. En los sectores más digitalizados, la IA ya habría arrancado aumentos de en torno al 27%, y las estimaciones más optimistas manejan un crecimiento del PIB mundial de entre el 10% y el 15% en unos cinco años. Ese es el escenario de los que creen que la AGI convertirá el cómputo en el único factor de producción relevante, igualando el valor del trabajo humano al de las unidades de cómputo equivalentes. Los ganadores serían, en ese mundo, los propietarios de los centros de cálculo.
No todos compran ese relato. Hay quien recuerda que la inversión masiva en centros de datos para IA puede convertirse en un agujero económico difícil de financiar, y que el rescate acabaría con un «reset» del sistema para dejar de pagar sin que parezca un default. La concentración de beneficios también levanta ampollas: el problema, se dice, no es la tecnología, sino que los que ya tienen el capital se lo llevan todo sin haber escrito una línea de código. Lo de «el producto X ya es una commodity» es la frase favorita de los de PowerPoint y Excel.
Los muros que no se derrumban: energía y determinismo
Los ingenieros ponen el dedo en la llaga: el código tradicional ofrece un contrato claro —con entrada A, B y C, la salida es D, siempre—. Las redes neuronales, aun siendo deterministas sobre el papel, son cajas negras con incertidumbre. Sirve para generar imágenes con seis dedos en una mano, pero no para decidir si un avión baja el tren de aterrizaje. Y está el muro energético: los procesadores actuales no tienen la arquitectura adecuada y se resuelve con fuerza bruta; los chips neuromórficos, que imitan al cerebro, podrían aliviar el consumo, pero todavía están lejos.
Al final, el futuro sin código no es solo una cuestión de ingeniería, sino de quién controla la computación. Kurzweil, el profeta de la singularidad, va más allá: la materia misma puede convertirse en computación hasta agotar el sistema solar. Pero antes de eso, el reparto estará en juego. Y como el viaje a la Luna, puede que llegue más tarde de lo prometido. O puede que llegue antes de que alguien haya escrito el software para comprobarlo.