¿Cuál fue el imperio más ridículo de la historia? Un repaso a los grandes fracasos imperiales
Cuentan que durante el asedio de Constantinopla en 1453, los eruditos bizantinos discutían acaloradamente sobre el sexo de los ángeles mientras los turcos derribaban las murallas. La anécdota, aunque falsa —como corrigieron después los historiadores—, captura perfectamente la idea de una civilización que se desmorona absorta en debates estériles mientras el enemigo llama a la puerta. Esa imagen de impotencia intelectual ha alimentado durante siglos la clasificación de los imperios más ridículos de la historia.
Japón: el síndrome del guerrero aislado
La lista de candidatos es larga, pero pocas civilizaciones generan tanto escepticismo como la japonesa. Hasta el siglo XX, Japón vivió en un endogámico aislamiento que apenas influyó en el mundo: su historia se reduce a guerras civiles constantes, salpicadas por alguna aventura exterior catastrófica. Toyotomi Hideyoshi invadió Corea en 1592 y 1598 con la ambición de conquistar China y trasladar al emperador a Pekín; ambas fracasaron estrepitosamente. Durante siglos, Japón fue un actor marginal que, cuando salió al escenario global, chocó con una realidad que no entendía. Su tardía y desastrosa expansión imperial en el siglo XX no hizo más que confirmar la percepción de un país desnortado.
El imperio español: oro que se esfumó entre bancarrotas
Otro firme candidato es el imperio español. Heredero de un continente entero descubierto casi por azar, controló durante siglos las riquezas naturales más vastas de la época. ¿El resultado? Una concatenación de bancarrotas que desviaron la mayor parte del oro y la plata hacia los acreedores internacionales. Mientras los Habsburgo acumulaban prestigio, el reino encadenaba una quiebra tras otra. Los críticos señalan que, a diferencia del imperio romano —que romanizaba y tributaba eficazmente—, España no supo capitalizar sus recursos para el desarrollo del reino. La población castellana media apenas se benefició de las riquezas americanas, y el legado industrial fue indirecto. Incluso el calendario gregoriano, obra de la Universidad de Salamanca, suena a poco consuelo frente al derroche.
Otros candidatos: mogoles, vikingos y la civilización actual
El listado se amplía con los mogoles, cuyo mayor monumento fue pagar un mausoleo para una emperatriz muerta (el Taj Mahal), y cuyo último emperador era un anciano fumando en narguile mientras el imperio se desintegraba. Los vikingos, pese a su fama guerrera, apenas dejaron huella duradera más allá de incursiones. Y no faltó quien señalara a la propia civilización occidental contemporánea como la más ridícula: por haber generado un progreso que paradójicamente acelera su propio declive, sustituyendo poblaciones y arrasando ecosistemas.
¿Y el veredicto?
Entre bancarrotas crónicas, invasiones fallidas y debates bizantinos sobre ángeles, cada civilización tiene su momento de ridículo. Quizá la lección es que el fracaso es inherente a todo proyecto imperial. El dato que descoloca: a pesar de todo, el imperio español fue el primer imperio pentacontinental, su lengua es la segunda más hablada del mundo y su legado católico perdura. Lo ridículo, al final, está en los ojos de quien juzga con el prisma del presente.