La presidenta de la Comisión Europea no necesita una guerra real, sino una crisis institucional. Hungría se la está proporcionando.
El nuevo presidente húngaro, Tamás Sulyok, lleva apenas un mes en el cargo, designado tras el escándalo de indultos que forzó la dimisión de Katalin Novák. Sin embargo, ya se pide su dimisión. La razón no es su gestión, sino su valor simbólico.
Un presidente decorativo contra la maquinaria de Bruselas
Sulyok es la pieza decorativa de Viktor Orbán, un presidente con poderes limitados que ni siquiera puede bloquear las decisiones de su primer ministro. Pero Bruselas sabe que, atacando al presidente, obtiene una excusa mediática para intensificar el aislamiento diplomático de Hungría.
El trasfondo: fondos europeos y veto a Ucrania
Hungría ha bloqueado repetidamente la ayuda militar y financiera a Ucrania. Von der Leyen necesita una crisis institucional que justifique la creación del fondo de defensa y el reparto de deuda conjunta, dos instrumentos que requieren un clima de emergencia política. Hungría, con su veto constante, es el cabeza de turco perfecto.
La pregunta que queda en el aire no es si Sulyok dimitirá, sino si su caída servirá para que la UE avance hacia una unión fiscal y de defensa más integrada. El tiempo, y las negociaciones presupuestarias, lo dirán.
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