¿Cuánto le va a costar a usted la próxima subida de impuestos? Sumar ha anunciado un paquete que toca el IRPF, el Impuesto sobre Sociedades, el impuesto a las grandes fortunas y añade dos figuras nuevas —impuestos verdes y digitales—, además de reformar la SEPI y sus
15 empresas públicas. La noticia, publicada por
Vozpópuli, viene con el envoltorio de siempre: pagarán los ricos. La letra pequeña es la que quita el sueño.
Qué incluye el paquete fiscal que plantea Sumar
El plan no se limita a una sola figura. Abarca el IRPF, el Impuesto sobre Sociedades, el gravamen a las grandes fortunas, tributos verdes y un impuesto digital, y se acompaña de una reorganización de la SEPI.
El problema es de credibilidad. Una parte del análisis sostiene que las grandes fortunas cuentan con los mejores asesores fiscales del planeta y saben proteger su patrimonio, de modo que la subida acaba recayendo en el contribuyente corriente.
Los tributos verdes se mencionan sin que se detalle su alcance ni sobre quién recaerían. El impuesto digital, en cambio, tiene un destinatario que en el debate se identifica con las grandes plataformas tecnológicas y el comercio electrónico.
¿Por qué prometer una subida de impuestos moviliza votos?
Hubo un tiempo en que subir impuestos se hacía casi de tapadillo, a la vieja usanza. Hoy forma parte del producto electoral. La pregunta incómoda es por qué anunciar que se va a pagar más moviliza en lugar de espantar.
La respuesta más repetida apunta a la aritmética. Si una mayoría del electorado percibe que vive, directa o indirectamente, de dinero público —pensiones, subvenciones, empleo público—, prometer más recaudación equivale a prometer más reparto. Otra lectura, menos amable, habla de envidia y de un relato en el que el que tiene más debe ser igualado a la baja. Las dos explican algo. Ninguna lo explica todo.
El cálculo más optimista ve en la subida un gesto casi simbólico, porque las grandes fortunas encontrarán la manera de esquivarla. El escenario pesimista es el que asusta: que el ajuste acabe en el recibo de la luz, en el IVA o en la nómina de quien no puede contratar a un asesor.
¿Por qué el sistema de pensiones aparece en todas las discusiones fiscales?
Porque, según el análisis que se repite en el debate, es la partida que se come el presupuesto. El gasto en pensiones concentraría la mayor parte del gasto público y su financiación dependería de deuda creciente. En la próxima década se jubila la generación del baby boom, y se sostiene que ningún partido toca el asunto: ahí está su caladero de votos.
El corolario es incómodo. Cualquier debate sobre subir impuestos a los ricos es, en realidad, un debate sobre mantener el sistema en pie unos años más. Quien cobrará su jubilación no quiere oír hablar de recortes; quien la paga no quiere oír hablar de más carga. Alguien tendrá que ceder. Nadie lo dice en voz alta.
Quién acaba pagando: la brecha entre el anuncio y la caja
Aquí aparece el argumento que más incomoda. Se sostiene que, entre impuestos directos e indirectos, cerca del
70% de lo que se produce acaba en manos del Estado, y que el sistema ya no da más de sí.
Se repite un detalle. Se paga más y se recibe menos: servicios que no mejoran, listas de espera que no bajan, burocracia que crece. Es la paradoja del contribuyente medio, que paga como si fuera rico y recibe como si fuera pobre. También circula la sospecha de que, cuando se habla de grandes fortunas, el umbral real acaba bajando hasta alcanzar al asalariado que no puede esconder un euro.
Funcionarios, SEPI y el gasto que nadie audita
La reforma de la SEPI y de sus
15 empresas públicas añade una capa más. ¿Qué hacen esas sociedades? ¿Cuánto cuestan? Las respuestas no suelen llegar. En paralelo, la subida salarial que reclaman numerosos colectivos de funcionarios aparece como uno de los motores que empuja la necesidad de recaudar más.
En el debate se repite una cifra: casi cuatro millones de empleados públicos en un país de estructura administrativa frondosa.
La discusión de fondo no es el tipo impositivo, sino la estructura del gasto. Si la mayor parte del gasto público es clientelar —subvenciones, entes, asesores, organismos—, subir impuestos solo agranda la base sobre la que se reparte. Y ese reparto, se argumenta, apenas se audita. En el aire queda también la posición de la CEOE, que defiende su propia reforma laboral mientras el foco se pone en los tributos.
Con este panorama, prometer una subida de impuestos y ganar elecciones debería ser imposible. Debe ser que el votante nunca se siente aludido. Ricachón es siempre el de al lado.