¿Por qué nadie recuerda haber estudiado con influencers?
En un ecosistema donde cada instante se comparte, resulta llamativa la escasez de testimonios personales sobre el pasado de ciertos personajes públicos. Mientras que para celebridades consolidadas como Paco Rabal o Julio Iglesias abundan las anécdotas de encuentros fortuitos –desde festivales de cante hasta entregas de premios–, en el caso de figuras surgidas de internet como Sarah Santaolalla apenas se encuentra a alguien que afirme haber compartido pupitre con ellas. La clave, apuntan algunos análisis, no es la falta de fama, sino la naturaleza artificial de su trayectoria.
Influencers sin biografía: producto de laboratorio
El fenómeno se explica, según ciertas lecturas, porque personajes como Santaolalla no tienen un pasado convencional: son creados para un nicho concreto, con un guión y una puesta en escena que borran cualquier rastro de vida previa. Los testimonios que pudieran surgir serían desacreditados como parte del espectáculo, y la maquinaria de comunicación los barrería. No hay nada que rascar porque, sencillamente, no hay pasado que recordar.
El contraste con las viejas glorias
Frente a esa opacidad digital, los encuentros con rostros clásicos de la cultura popular se multiplican. Una conversación con Paco Rabal en el festival de Las Minas de La Unión reveló, por ejemplo, una historia de casting erróneo para «The French Connection»: William Friedkin quería a Rabal para el traficante, pero un error trajo a Fernando Rey. La anécdota, narrada por el propio actor, circula como ejemplo de la cercanía de otras generaciones de famosos.
La realidad es que la burbuja de los influencers parece fabricada ex profeso para no dejar huella. El pasado, si no se puede monetizar, simplemente no existe.