Los funcionarios que huyen del chollo: una minoría que dice basta
Un guardia forestal que deja la plaza a los dos años porque «no era lo suyo». Un sargento del Ejército con carrera de Derecho, quemado, que se pasa a la empresa privada. Un médico especialista harto de la falta de medios. Un policía que se va para dedicarse a YouTube y montar una pizzería. ¿Suena a excepción? Lo es, pero existe.
El relato oficial pinta al funcionario como un privilegiado que jamás soltaría la prebenda. Pero en los rincones donde la gente habla sin filtros afloran historias que rompen el molde. No son multitud, pero hay quien voluntariamente dice adiós a la plaza fija.
¿Por qué alguien dejaría un puesto para toda la vida?
Las razones se repiten: toxicidad laboral, falta de estímulo, y sobre todo, la cuenta de resultados. «Un caso en mi familia: gana más de autónomo que de funcionario», apunta un testimonio. Otro conoce a quien «estaba hasta la banana de la falta de medios y de materiales» en la sanidad pública. No es que el sueldo sea malo —se mencionan 2.500€ netos al mes por «hacer cuatro cosillas por la mañana»—, sino que llega un punto en que el ambiente o la monotonía pesan más.
La burocracia y los compañeros tóxicos también espantan. Se describe el pavor de trabajar «con charos premenopáusicas chareando», cotillas y trepas. Un trabajador «muy válido» que hacía el trabajo de tres decide irse, pedir traslado y acabar en la empresa de su tío. Su confesión: «Te desmotiva y te quita ambición, pero a partir de los 35 buscas calidad de vida». Una paradoja: la misma seguridad que vende el sistema acaba generando hastío.
El mito del funcionario que nunca se va
«¿Con lo chollo que es en España comparado con la empresa privada y lo que cuesta sacarse la oposición? Prácticamente nadie», resume la opinión mayoritaria. Y los números le dan la razón: los casos de abandono voluntario son una anécdota estadística. Lo habitual son las «triquiñuelas para cobrar y no trabajar»: bajas permanentes, excedencias congeladas. Como quien deja a una novia guapa por una antiestética, el que se va es visto con incredulidad.
Pero hay excepciones que confirman la regla. Médicos que se centran en su clínica privada (ginecólogos, dermatólogos, pediatras), profesores universitarios que descubren que escribir novelas de romanos renta más, o el policía Boufit que tuvo que elegir entre su canal culinario y la plaza. Incluso el Dr. Alexandre Costa Sabaté, endocrinólogo que dejó la pública para tratar a usuarios de esteroides, aunque luego fue investigado por presunto tráfico de esteroides.
La conclusión es incómoda para el dogma: la mayoría no se va, pero quien lo hace suele tener una alternativa económica mejor o una salud mental que restaurar. El funcionariado no es una cárcel, pero salir voluntariamente sigue siendo un lujo que muy pocos pueden permitirse.
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