Volver con los padres a los 40: la vivienda se come el 96,6% del sueldo
Tener trabajo ya no basta para pagarse un techo. Patricia Álvarez, peluquera de 34 años, ha tenido que
volver a vivir con sus padres en Madrid tras romper con su pareja. Ana Pastor, auxiliar de enfermería de 40, regresó también a casa de su padre después de emanciparse a los 27. Ninguna está en el paro. Las dos cobran. Y con eso no llegan por su cuenta.
La aritmética que lo explica es de una contundencia incómoda: el salario medio de una persona joven subió un 4,6% hasta
1.089 euros netos al mes, pero el alquiler lo hizo un 7,5% hasta 912 euros, el
83,7% de la nómina. Si se añaden agua, luz y gas, la factura escala a 1.053 euros, el 96,6% del sueldo. Restan 37 euros para comer, vestirse y tener algo de vida.
¿Cuánto queda del salario joven después de pagar el alquiler?
Treinta y siete euros. Esa es la respuesta exacta y, a la vez, el retrato de una generación que trabaja a tiempo completo y no puede sostener una casa. El director general del Injuve, David Veloso Larraz, lo cifra en términos aún más duros: los jóvenes han visto reducido su poder adquisitivo un
34% en los últimos 25 años y alrededor de un 23% desde el arranque de la crisis de 2008.
La salida del piso compartido tampoco cuadra. Una habitación cuesta de media en España
445 euros al mes, cuando hace ocho años se pagaba por lo mismo 258 euros, según Fotocasa. Casi el doble. Lo que antes era una etapa se ha convertido, para muchos, en la única puerta de entrada a algo parecido a la independencia.
De treintañeros emancipados a 'boomerang kids'
El sociólogo Mariano Urraco, profesor de la Universidad a Distancia de Madrid, describe el fenómeno sin adornos: son personas que ya no son tan jóvenes, treintañeros que en su día iniciaron un proyecto de vida en pareja o compartiendo piso con amigos, y cuyos empleos precarios no permiten una emancipación individual. Las transiciones a la vida adulta, apunta, son cada vez más fragmentadas y reversibles.
Ana Pastor resume su caso en una frase que vale por un informe entero:
«Con 1.200 euros no se puede vivir en Madrid». Vive con su padre, ahorra todo lo que puede y estudia Imagen para el Diagnóstico para escalar a un sueldo de 1.600 o 1.700 euros. Comprar un piso no entra en sus planes ni de lejos.
Patricia Álvarez compartió un estudio de 20 metros en Carabanchel por 600 euros con su expareja. Al romper, deshizo el camino. Gana 1.030 euros y asume que un alquiler en solitario es hoy una quimera: por menos de 850 euros no encuentra nada en Hortaleza, donde trabaja, y los propietarios piden garantías cada vez más altas.
Menos propiedad y más vuelta al hogar familiar
El informe
Esenciales, del programa de investigación en socioeconomía que firman la Fundación BBVA y el Ivie, mide el giro. Entre los emancipados de 30 a 34 años, el alquiler ha pasado de representar el 24,9% al 39,8%, las cesiones de vivienda de familiares han subido del 6,3% al 13,2% y la propiedad se ha desplomado del
68,7% al 47%. Veinte puntos menos en una sola generación.
Ese último dato explica por qué volver a vivir con los padres ha dejado de leerse como un fracaso puntual y se interpreta ya como una estrategia de supervivencia. Cuando comprar se cierra y alquilar se encarece, la casa familiar funciona como último amortiguador disponible.
El bono joven de 250 euros que, según el CJE, no llega a muchos solicitantes
Juan Antonio Báez, vicepresidente del Consejo de la Juventud de España, apunta otra capa del problema: las comunidades autónomas no han ingresado el bono joven al alquiler de
250 euros para menores de 35 años a muchos solicitantes. El alivio anunciado existe sobre el papel y, en la práctica, llega tarde o no llega.
Su diagnóstico va más allá de la coyuntura: «estamos viendo personas de 35 o 40 años que se ven obligados a vivir como jóvenes de 25». La factura no es solo económica, y en el propio debate hay quien apunta también al desgaste psicológico que puede suponer el regreso al domicilio paterno.
Un forero relata cómo un solo sueldo compró un piso en 1965
La comparación histórica es el argumento más repetido en cualquier conversación sobre vivienda, y en este debate aparece en forma de anécdota: un participante cuenta que sus padres se casaron en 1965 y compraron un piso de 90 metros con tres habitaciones en Prosperidad (Madrid), pagado en cinco años, y que solo trabajaba él.
En el mismo debate hay quien sostiene que hoy harían falta, salvo excepciones, dos nóminas completas para aspirar a algo similar. Y que la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral multiplicó la renta disponible de los hogares, que el mercado ajustó los precios al alza y que el efecto neto se diluyó: dos sueldos comprando lo que antes compraba uno. La tesis tiene defensores y detractores, y ninguno se ha movido del sitio.
¿Vivir en el centro de Madrid o mudarse al extrarradio?
Otra parte del choque se concentra en la ubicación. Se argumenta que el problema es pretender vivir en el centro de Madrid, cuando el centro es para pudientes, y que en el extrarradio —Getafe, Alcorcón— aparecen viviendas decentes a precios competitivos.
Patricia lo tiene claro:
«tendría que irme a Toledo». Romina Da Graca, de 35 años, trabaja en una panadería de Vigo, cobra 1.200 euros y comparte los gastos del alquiler con sus padres. Pagaba 450 euros por un estudio junto a El Corte Inglés; ese precio, dice, ya no existe: ahora piden 650.
Con estos números, la pregunta no es quién vuelve a casa de sus padres, sino cuántos están a una sola mala racha de hacerlo. ¿Se adaptará la vivienda a los salarios, o los salarios seguirán corriendo detrás de unos precios que no miran atrás?