Rusia acelera el bloqueo de YouTube con asistencia técnica china
La paradoja es sencilla. Cuanto más se estrecha el cerco sobre YouTube en Rusia, más evidente resulta que la plataforma se ha convertido en un asunto de Estado. El planteamiento del caso sostiene que un equipo chino de
expertos en ciberseguridad ayuda ya a Moscú a bloquear por completo el acceso, después de que la censura se haya llevado por delante
cientos de canales. La operación se describe, además, como una exigencia para seguir recibiendo apoyo del gigante asiático.
Unos lo llaman vuelta al comunismo. Otros,
Gran Cortafuegos de acero. La discusión, en cualquier caso, se desplaza rápido hacia otro terreno: quién está en condiciones de dar lecciones de censura mientras aplica instrumentos parecidos con menos ruido.
Qué se sabe del bloqueo de YouTube en Rusia
La tesis que abre el asunto es que Moscú ya no se conforma con estrangular canales concretos y da un paso más: cortar el acceso a la plataforma entera. El seguimiento de la censura rusa que hacen divulgadores del propio país ha ido documentando ese goteo, y el nuevo capítulo se presenta como el salto definitivo. El argumento que lo acompaña es que la medida forma parte del precio a pagar por el respaldo chino, en un momento en el que la relación entre Pekín y Moscú no se describe precisamente como un idilio sin fisuras.
El resumen del diagnóstico es contundente: bloquear, cercenar, censurar, suprimir. Y una imagen que se repite, la de que cayó el Muro de Berlín para levantar después un
Muro Informático. La pregunta que sobrevuela todo el intercambio es si eso es una anomalía rusa o la norma en un mundo donde cada bloque decide qué se ve.
¿Por qué se compara el bloqueo ruso con el TikTok de Estados Unidos?
Porque, según una parte de los análisis que aparecen, la propuesta de restringir TikTok en EEUU se presentó como una reforma de ley pendiente de discusión y aprobación en el Congreso, con la justificación declarada de protegerse frente a injerencias de estados extranjeros en las redes. De ahí el doble rasero que se denuncia: si lo hace un rival, es dictadura; si lo hace Washington, es seguridad nacional.
Europa entra en la misma comparación. Desde el primer día de la invasión de Ucrania se bloquearon medios rusos como
RT, Tass o Sputnik, lo que para varios intervinientes deja a la población europea sin capacidad de formarse una opinión propia sobre el conflicto. El contraste que se subraya es que la censura occidental se practica de forma más selectiva, más cínica y más sutil. Ahí está el detalle del que se saca más jugo: unos prohíben y lo dicen; otros prohíben y lo llaman moderación de contenidos.
La censura visible y la que no se ve
El eje del desacuerdo es qué cuenta como censura. Se sostiene que YouTube pertenece a una empresa estadounidense, Google, que impone una visión determinada del conflicto ucraniano en sus búsquedas, y que Twitter y Facebook son herramientas alineadas con intereses americanos. La afirmación de que hay ex directivos de agencias de inteligencia en puestos de dirección de esas compañías circula como argumento, sin prueba alguna en el material disponible, y así debe leerse.
Frente a eso, la réplica es que no hace falta encarcelar ni reeducar para controlar a una sociedad: basta con el
políticamente correcto, con la regulación asfixiante y con la presión social. El ejemplo que se pone es el de los disidentes de verdad: se admite que los casos de Snowden y Assange acabaron en el exilio y no en un campo de trabajo, y se usan como prueba de que las consecuencias son incomparables. La contrarespuesta llega con nombres propios de creadores de contenido demandados y cuentas bloqueadas.
Crédito social, desapariciones y el otro platillo de la balanza
Aquí el tono sube. Se cita el sistema de crédito social chino a través de un documental en el que su propio creador lo presenta como un mecanismo para sustituir la moral por un sistema electrónico, con listas negras y sanciones. Y se mencionan
300 y pico centros en Xinjiang, además del caso del periodista ciudadano de Wuhan cuya pista se perdió en marzo de 2021, según el informe que se enlaza. Son acusaciones que aquí aparecen como denuncias de una de las partes, sin verificación independiente.
La réplica no niega el fenómeno: lo relativiza. Se argumenta que cualquier Estado persigue a quien tiene capacidad de influir y de agitar el avispero, en Chengdu o en Sellaño, y que la diferencia es solo de umbral. El matiz tiene recorrido: el dato que se lanza es que Xinjiang es una región compleja, con porcentajes de población uigur y han que rondan cada uno el
40%, y que varios de los grupos que la habitan tienen peso mayoritario en zonas concretas.
Del IBEX 35 al puesto de limonadas
Hay un tramo del análisis que se sale del terreno geopolítico y aterriza en la economía cotidiana: la maraña regulatoria que convierte montar un negocio en España en una carrera de obstáculos. La tesis es que detrás de esa montaña de trámites no está tanto el Estado como las grandes empresas cotizadas, que condicionan la vida económica y hacen que emprender sea una penitencia.
La moraleja que se extrae es incómoda para los dos bandos. Un sistema que te dice abiertamente qué está prohibido resulta más fácil de combatir que otro que te ofrece libertad mientras te organiza la vida a base de normas y recomendaciones.
¿Sirve de algo denunciar el cortafuegos ajeno cuando cada bloque levanta el suyo y lo bautiza con otro nombre?
Datos del caso
- Cientos de canales rusos de YouTube ya clausurados por la censura, según el planteamiento inicial
- Marzo de 2021: fecha del informe sobre el periodista ciudadano de Wuhan desaparecido
- Rusia habría llegado a hacer obligatoria la vacuna de la covid durante un mes
- 300 y pico centros en Xinjiang según la denuncia citada
- Uigures y han rondan cada uno el 40% de la población de Xinjiang, según un interviniente