Compras de 200 euros sin traer nada a casa: la paradoja del consumo
Un carro de la compra de 200 euros que no cubre diez días de comida para dos personas. Después, 50 euros en el supermercado de la esquina que se quedan en 40 y salen de la tienda convertidos en papel higiénico, lejía y poco más. La escena se repite casi a diario y sostiene una tesis incómoda: en España no falta dinero, sobran ganas de gastarlo. El planteamiento, formulado con vehemencia por quien lleva meses mirando el ticket, sostiene que alimentación, energía y vivienda están por las nubes y que ni así hay protesta: la respuesta electoral, resume, es que
ha vuelto a salir Antonio. Si los sueldos fueran de 1.200 euros, sentencia, las calles estarían en llamas.
¿Cuánto cuesta llenar la nevera en España?
Los números no cuadran con la compra de andar por casa. Una compra grande de más de 200 euros apenas reporta un par de piezas de carne y pescado, algunos yogures, embutidos y un cocido. En productos de calidad el desembolso se dispara: el solomillo de vacuno se pagaba a
29,50 euros el kilo en Gijón, cuando un par de años antes había alcanzado los 33. No todo sube por igual, y ahí está parte del desconcierto: en la pescadería de unos grandes almacenes de la misma ciudad aparecían referencias a 9 euros el kilo que en otro supermercado costaban 14.
El gasto por persona depende de lo que se ponga en el plato. Un caso concreto calcula 175 euros por cabeza al mes en una casa de cuatro miembros. Otro asegura gastar 170 euros por cabeza
sin carne, pescado ni marisco, a base de lácteos, aceite de oliva, fruta, verdura y frutos secos. La lectura común es que la cesta barata se ha estrechado a pasta, arroz, legumbre, huevos y carne picada, y que lo demás es un lujo de fin de semana.
Sueldos de 1.200 euros y el doble que tampoco llega
La cifra de 1.200 euros como sueldo representativo se discute con dureza. Hay quien la califica directamente de «trola» y añade que ni con el doble se vive en Madrid, entre otras cosas porque el precio de la vivienda se come cualquier subida salarial. En la otra orilla están los que recuerdan haber vivido con esos 1.200 euros, tirando de macarrones, lentejas y verdura de temporada, con una ayuda puntual de los padres o algún trabajo sin declarar, y sostienen que negar esa realidad es propio de quien vive en un mundo de yuppies.
La discusión sobre la vivienda radicaliza ambas posturas. En una misma zona, un piso de dos habitaciones cuesta
100.000 euros y, avanzando 200 metros en línea recta, el mismo tipo de vivienda se vende por 180.000. Con hipotecas a 40 años firmadas entre dos personas para pisos de 300.000 euros, el diagnóstico más pesimista es que la capacidad de gasto se compró a crédito.
¿Por qué se sostiene que aquí se mueve mucho dinero negro?
Una parte del análisis atribuye el músculo del consumo a la
economía sumergida. Se argumenta que hay alquileres de temporada cobrados sin factura en toda la costa, profesionales liberales y oficios que facturan en B —médicos, abogados, cerrajeros, mecánicos, carpinteros— y un volumen de blanqueo de capitales que llega del resto de Europa. Otra corriente va más lejos y sitúa el dinero procedente de la droga, del gran tráfico al menudeo, como una fuente relevante del gasto. Ninguna de esas afirmaciones viene acompañada de una cifra: no hay ningún dato que permita cuantificarlas, y conviene tratarlas como lo que son, sospechas sobre un fenómeno real pero sin medir.
Pensiones, funcionarios y abuelos que sostienen la caja
Otra explicación apunta a las rentas garantizadas. Pensiones en torno a 2.000 euros, funcionarios con sueldos de 2.500, propietarios que compraron su vivienda hace décadas y la alquilan mientras siguen cobrando la pensión: sumando conceptos, hay casos que ingresan 6.000 euros al mes. A eso se añade el flujo entre generaciones: suegros con paga y patrimonio que costean las vacaciones de los hijos y que tienen a otro hijo viviendo en un piso suyo en buena zona.
El consumo con tarjeta y el ahorro que se agota
La hipótesis más citada para explicar que todo siga lleno es la deuda. Se sostiene que mucha gente tira de tarjeta para mantener el nivel de gasto mientras el ahorro pierde valor y que, el día que esos hogares dejen de endeudarse, el consumo se pinchará de golpe. Enfrente está el argumento más simple: una terraza no mide nada. La consumición suelta se paga sin pensar; la casa, no.
¿Por qué los restaurantes caros están llenos?
En Pozuelo y Majadahonda hay mesas de
70 euros por persona sin botella de vino que siguen ocupadas, y no hace falta que todos puedan pagarlas. Basta con una minoría. En una región de casi siete millones de habitantes, con un 10% con dinero sobrante, la hostelería se llena sola; el turismo extranjero añade otra capa de clientes y desplaza al residente de su propia ciudad en temporada alta.
Queda el dato que descoloca: con el solomillo a 29,50 euros el kilo y menús de 70 euros por persona sin vino, la pregunta ya no es si hay dinero en España. Es de quién es, cuánto dura y qué pasa el día que deje de prestarse.