Dos antenas de 46 euros para compartir internet a 100 metros
Cien metros separan dos casas de la misma manzana. Entre medias no hay ningún edificio: el hueco interior lo ocupa el patio de un colegio. El equipo necesario se anunciaba por 46 euros la unidad. En el papel, es un trámite. En la práctica, el intento terminó con el aparato guardado y una conclusión incómoda:
en su caso, compartir internet a larga distancia salió barato de montar y difícil de sostener. Quedaba además una pregunta de partida razonable: ¿sirven de algo los 5 km de alcance teórico para cruzar una manzana?
Un patio de colegio como única línea de visión
El escenario se documentó con un plano real de la manzana. Las casas no se ven entre sí
por poco. La distancia estimada, corregida al alza en el propio planteamiento inicial, es de unos 100 metros. Y todo el interior de la manzana es patio escolar, un hueco que algún día podría dejar de estar hueco si alguien levanta un bloque de viviendas.
Sobre esa geometría, el diagnóstico dominante fue pesimista: sin visión directa, poco que rascar. Un participante contaba que había enganchado una red a 100 metros con un edificio en medio y le sacaba entre uno y dos megas por segundo, frente a los ocho que llegaban al punto de origen. El propio interesado recordaba que ese equipo anuncia
5 km de alcance en visión directa, una cifra que no dice absolutamente nada de un enlace obligado a atravesar dos fachadas.
La salida de emergencia era subir las antenas al exterior, a la terraza, aunque fuera sujetas con esparadrapo. Se descartó: exigía tirar cable de red por fachada y acceder a una cubierta sin puerta, a la que hay que subir con escalera de mano.
¿2,4 GHz o 5 GHz? La física no negocia
La elección de banda no es un detalle de configuración. A 5 GHz el espectro está más libre, pero la zona de Fresnel —el volumen de aire que debe quedar despejado alrededor de la línea recta entre las dos antenas— es aproximadamente la mitad que a 2,4 GHz. Con obstáculos de por medio, 2,4 GHz penetra mejor. Son dos ventajas que aprietan en direcciones opuestas.
Según el cálculo que expuso uno de los participantes, entre el edificio y la ventana de la otra vivienda hay unos 10 metros, y a esa distancia
el margen de Fresnel a 2,4 GHz no llega al metro. Cualquier saliente, cualquier esquina, cualquier persiana se come ese margen entero. Aquí la física reparte las cartas antes de que se configure nada.
Lo que se pierde cuando el router no es tuyo
El problema técnico tenía un gemelo doméstico. Todo el montaje dependía de que el router de la otra vivienda estuviera encendido, en su sitio y con la configuración intacta. Bastaba con que se apagara un rato —cosa que ocurrió durante las pruebas— para quedarse sin servicio. Poner el propio acceso a internet en manos de la rutina de un tercero es un coste que no aparece en ningún presupuesto de 46 euros.
Uno de los participantes sostenía que con el router pegado a la pared el ping se disparaba y que en la repisa de la ventana, con la señal saliendo al aire libre, bajaría a valores normales, en torno a
50 ms, los propios de una conexión ADSL. El cuello de botella, según ese mismo análisis, era la emisión, no la recepción. Con una conexión de fibra 50/50 —según el propio interesado—, mover el router unos centímetros cambiaba el resultado más que cualquier amplificador.
150 metros sin visión directa: el caso que se resolvió
Merece la pena mirar al otro lado. Según el relato de otro participante, un intento con presupuesto de 20 euros buscaba captar la señal inalámbrica de un operador —
20 GB a máxima velocidad— emitida a 150 metros y desde el bajo de un edificio. Sin línea de visión directa. La solución pasó por una antena USB ALFA con chipset Realtek y bastante trabajo de taller. El receptor no se coloca donde queda discreto: se coloca donde llega la señal.
El detalle técnico que explica por qué a veces funciona: según el cálculo expuesto en el hilo, una antena direccional tipo Yagi aporta cerca de
20 dB de ganancia en la dirección del máximo, con una apertura de 20 a 30 grados que evita tener que afinar la alineación al milímetro. Es un factor cercano a diez en la relación señal-ruido, y esa diferencia se nota sobre todo en la estabilidad del enlace.
El coste real del intento
Un punto de acceso exterior a 46 euros la unidad; dos, por debajo de los 100. En otro caso, el mismo modelo se compró por 60 euros. El atractivo económico está claro: si sale bien, el enlace se amortiza en pocos meses frente a una segunda cuota de banda ancha. Si sale mal, el material se revende y no se pierde gran cosa.
La letra pequeña es la otra mitad del balance. Hay que sumar cableado, soportes, tiempo y una dependencia permanente de un aparato ajeno que nadie compró pensando en ti. Y está el detalle de la ubicación: cuando el equipo se probó en una azotea compartida, la presencia de desconocidos en el terrado bastó para descartarla como sitio estable para dejar hardware a la vista.
Con estos precios, la tentación de engancharse a la conexión del familiar o del vecino seguirá siendo fuerte. La predicción razonable es que el enlace funcione donde haya visión directa desde fachada y el router ajeno se quede quieto. En interiores, con esquinas y muros de por medio, la cosa se queda en algo parecido a lo que se probó: unos megas a ratos y una antena que acabó reconvertida en repetidor de su propia red.