El tiempo perdido no es el final: cómo reiniciar después del fracaso
Hay un peso específico en quienes miran atrás y ven años que no aprovecharon, decisiones que no tomaron a tiempo, oportunidades que se fueron. La tentación es concluir que, con ese tiempo perdido, ya se acabó la posibilidad de construir algo distinto. No se acabó: empieza el verdadero combate. El pasado no puede tocarse y el futuro no puede adivinarse. Lo único que existe es lo que se hace hoy.
La diferencia entre negar el fracaso y aceptarlo
Aceptar el error no es rendirse. Es el primer paso para transformarlo. Existe una diferencia enorme entre negar un fracaso y aceptarlo. Negarlo impide avanzar porque nunca se procesa del todo. Aceptarlo, en cambio, permite dejar de cargarlo como una condena constante y empezar a usarlo como punto de partida. El ejemplo que se cita es elocuente: Mike Tyson atravesó una caída en desgracia y volvió. No porque el pasado se borrara, sino porque dejó de ser el centro de su presente.
El escenario del «ya no hay vuelta atrás»
Hay quien sostiene que este discurso solo se aplica a gente de treinta y tantos. A partir de cierta edad, y en algunos casos bastante antes, si no se han hecho bien las cosas, se está acabado. El que se casó con la persona equivocada y ha acabado pagando la hipoteca a su ex, pasando una pensión mientras le quedan cien euros para pasar el mes, ya no levanta cabeza en el resto de sus días. El que no aprovechó los trenes laborales que se le pasaron por delante y se metió en cosas equivocadas, o no evolucionó profesionalmente, está en capa caída y solo va a peor. Las oportunidades ya no vuelven, la edad no es la misma, ni el aspecto, ni el mundo, ni las habilidades. Ya no se está en el prime para destacar en algo.
Frente a eso, hay quien responde con crudeza: si pasas pensión es porque estás atado a un trabajo o a unos inmuebles. Siempre puedes largarte, desaparecer. También puedes mejorar, ganar lo suficiente para que la pensión no te suponga un descalabro. Lo demás es más de lo mismo: éxitos mundanos. Está más cerca de Dios el pobre y derrotado que el rico victorioso. El primero puede arrepentirse; el segundo se suele ensoberbecer.
El carácter como único activo que no se deprecia
Por malas decisiones, edad o condición física, no significa que la vida haya acabado. Siempre se puede cambiar y dirigir con pequeños actos y decisiones: estudiar o hacer cursos, viajar más, hacer actividades, conocer gente, tener una actitud positiva. El ensayo y error, o no tener a nadie que te aconseje, no es el fin del mundo. Al contrario, es una gran oportunidad de acumular experiencia personal, forjar un carácter —que es lo único que importa en la vida— y tener un testimonio que poder contar y ayudar a otros. Quien se centra solo en el bien material se pierde lo esencial: las experiencias personales y el forjar un carácter, para lo cual se necesitan pruebas.
El debate de fondo: ¿libre albedrío o designio?
Aquí aparece la fractura más profunda. Una corriente sostiene que todo lo que se hace es por la voluntad y los designios del Señor, que es omnipotente y omnisciente, y que conoce absolutamente todo: pasado, presente y futuro, incluyendo los pensamientos humanos. Para un buen cristiano, todo es voluntad del Señor Jesucristo y todo ocurre porque así lo quiere. En esta visión, Judas no es el malo ni el traidor: su futuro estaba inspirado por Dios, al igual que el nuestro. Si piensas que puedes hacer algo libremente, es que para ti no existe Dios, porque él y solo él maneja los hilos de tu vida y jamás podrás hacer algo en contra de su voluntad.
La réplica es igual de contundente: el libre albedrío y la Gracia. Una cosa es cumplir la voluntad de Dios, que implica la propia voluntad humana sostenida por la Gracia, y otra muy distinta es el determinismo absoluto. Precisamente porque pudo y puede, Dios nos hizo libres, a su imagen y semejanza, dotándonos de personalidad, libertad y voluntad para ejercerla. Si todo fuera voluntad de Dios, no podríamos ser libres y ninguno sería responsable de sus actos. No habría perdón ni justicia que aplicar en el Juicio Final. No necesita perdonar a quien no es dueño de su voluntad, ni juzgar a quien no le queda más remedio que seguir un camino prescrito.
La tentación de rendirse como acto de soberbia
Hay un matiz que se escapa a menudo: la tentación de rendirse no entraña humildad. A menudo es un acto de soberbia. Nos erigimos en jueces de nosotros mismos y emitimos sentencia. Pero el juicio sobre nuestra vida no nos corresponde. Ningún premio, ninguna carrera profesional, ningún romance, ninguna fortuna o éxito terrenal significan nada en última instancia. Solo importa entrar en el cielo. Eso no lo juzga uno mismo. Se puede conseguir a lo largo de una vida, pero también se puede conseguir en el último instante. Los méritos no se valoran según los ojos del mundo.
La crítica al poder concentrado y a la Iglesia como institución
El debate se desvía hacia una crítica más amplia: la Iglesia es anticristiana desde su alianza con Roma. El cristianismo original fue una revolución de los sin poder contra el poder. La incipiente Iglesia se alió con Roma, la perseguidora de cristianos, para reconducir la revolución cristiana que estaba en contra de todo poder ilegítimo. Después de esa fusión, las persecuciones no se detuvieron: continuaron contra los malos cristianos, a la postre considerados herejes, que eran precisamente los que sí seguían las ideas de Jesús y los apóstoles. La Iglesia es un ente de poder, y se alió muy pronto con el perseguidor de cristianos. Una alianza que se dio porque Roma vio que no era capaz de controlar al cristianismo de base, el de los seguidores de Jesús, sus fraternidades, su revolución contra todo poder ilegítimo y contra toda tiranía.
La conclusión de esta corriente es que el problema no es la religión en sí, sino la concentración de poder. Ninguna religión, ninguna creencia, ninguna descreencia serían un problema gigante si no hubiera un poder concentrado que las convirtiera en ley de obligado cumplimiento para millones de personas al mismo tiempo. Mientras todos defiendan la existencia de concentración de poder, siempre habrá tiranías, genocidios, dictaduras y totalitarismos. La clave de todo es el poder, en concreto su grado de concentración.
El cierre: entre la esperanza y la máquina
Hay quien advierte contra las falsas esperanzas: no hagáis caso a los consejos del optimismo, solo son falsas esperanzas para seguir alimentando a la máquina. La duda queda en el aire: ¿es la resiliencia una herramienta de liberación o un mecanismo de adaptación al sistema? La respuesta probablemente no sea única. Lo que sí parece claro es que, entre el determinismo absoluto y la negación del fracaso, existe un espacio para la acción. El pasado no se puede cambiar, pero en el transcurso de los años se pueden extraer enseñanzas que el yo anterior no pudo ver ni entender. El futuro es una fuerza dinámica con gran poder sobre el presente. Si no sueñas, vives al día como las margaritas del jardín. La memoria nos une al pasado, la voluntad actúa desde el presente hacia el futuro, y el discernimiento vislumbra la diferencia entre los fantasmas y la creación. Todo es cruz en esta experiencia que parece flotar en medio de la nada. Pero la cruz, bien llevada, no es un peso muerto: es el punto de apoyo para levantarse.