Alemania estaba movida por la humillación. El armisticio lo habían impuesto dos potencias que si habían medio ganado la guerra fue gracias al esfuerzo de sus colonias y que, además, habían impuesto unas condiciones francamente abusivas. Lo de Alsacia y Lorena podía tener cierto sentido pero lo de Dantzig era entrometerse en el liebensraum prusiano.
En lo militar hay que recordar que, precisamente por el relato del armisticio (Alemania no había sido vencida en el campo de batalla: de hecho, había vencido al Imperio Ruso y podría haberlo hecho con franceses e ingleses de no ser por la intervención de otras potencias), la Reichswehr había quedado como representación de los auténticos patriotas a los que habían traicionado tras años de sufrimiento. El Ejército de Weimar, con sus escasas tropas, tenía un altísimo nivel porque había podido escoger a los mejores, y se convirtió en la cuna de la futura Wehrmacht. En la sombra se comenzó a desarrollar, a partir de la aviación civil, la Luftwaffe. La colaboración con los soviéticos fue fundamental a la hora de recibir materias primas pero también de desarrollar el arma acorazada. En esto hay que aceptar que el Ejército Rojo prácticamente siempre tuvo carros mucho mejores que la Wehrmacht (el T-26 era notablemente superior a los PzKw I y II, poco más que vehículos de exploración: y el gran carro alemán a principios de guerra no era el PzKw III o el IV sino el 38(t), incautado a los checos) pero Stalin consiguió anular casi por completo sus ventajas. Con un uso agresivo y racional del T-34, del KV-I y II por el Ejército Rojo en 1941 la guerra habría sido muy diferente: pero la doctrina soviética de carros había quedado anticuada (prácticamente no se usaba la radio en telecomunicaciones), Tujachevski había sido ejecutado y la iniciativa de los oficiales supervivientes a la purga había disminuido al punto de la debilidad mostrada en 1939-1940 en Finlandia.
En cualquier caso, también los franceses tenían carros como el Somua S-35 o el Char B, muy buenos en su ámbito aunque pésimamente empleados como apoyo de la infantería más que como un arma independiente en sí misma. Y si lo mejor que los británicos tenían era el Mathilda, muy blindado pero con una artillería muy deficiente, cuando el Flak 88 comenzó a ser usado con enorme éxito como antitanque esa ventaja quedó en bien poco.
La aviación alemana había desarrollado muy buenos modelos pero carecía de bombarderos pesados, los ligeros eran también deficientes y los cazas andaban muy escasos de autonomía, como se pudo comprobar en la batalla de Inglaterra.
Para resumir, el III Reich andaba bien preparado para guerras de dos o tres semanas, guerras de iniciativa táctica y velocidad, en las cuales sus Ejércitos estaban muy bien preparados, especialmente en los escalones inferiores, que gozaban de una autonomía para la consecución de sus objetivos que los convertía en enemigos muy a tener en cuenta (es decir: al genio táctico-estratégico de los generales se unía el poder práctico sobre el terreno de los oficiales y suboficiales). Polonia y Francia fueron espejismos en que se saldaron las cuentas pendientes de la I Guerra con los vecinos inmediatos pero de las que el Reich no aprendió nada: se habían mostrado algunos defectos fatales de su organización militar que no se corrigieron a tiempo, y que en campañas posteriores fueron determinantes para la derrota final. Las grandes victorias del Reich fueron victorias, pero se debieron no tanto a los grandes esfuerzos alemanes como a los defectos de los enemigos a quienes se enfrentaban. Cada victoria volvía más débiles a los alemanes porque sus enemigos aprendían de ellos mientras que el Reich no llegaba a corregir sus errores o, si lo hacía, era con mucho retrat y de una forma insuficiente.