La jerarquía racial nazi que nadie escribió nunca
León Degrelle, líder del fascismo belga, quería formar parte de las Waffen-SS. Los nazis lo rechazaron hasta junio de 1943. El motivo no era político: los valones no encajaban en el escalafón racial que el régimen manejaba de forma oficiosa. Cuando la
guerra apretó, los baremos se tiraron por la borda y entraron todos. Esa es la primera lección de cualquier aproximación seria al asunto: la jerarquía racial del Tercer Reich no era un documento, era un conjunto de prácticas cambiantes según la necesidad militar.
¿Existía una clasificación racial oficial en la Alemania nazi?
No. El régimen no publicó nunca un catálogo cerrado de razas con sus puestos asignados. Lo que había era una mezcla de antisemitismo furibundo, eugenesia y teorías raciales importadas de autores que se contradecían entre sí. Algunos de esos teóricos ni siquiera eran alemanes. La categoría de «ario» se usaba de forma elástica: servía para englobar a europeos muy distintos y se estiraba o encogía según conveniencia diplomática.
La aproximación más útil no es leer propaganda, sino mirar los efectos prácticos. Y ahí hay tres documentos que mandan: las
Leyes de Nuremberg, el
Generalplan Ost y los criterios de admisión en las Waffen-SS. Las primeras establecían una cúpula —los alemanes— y tres categorías inferiores con trato jurídico diferenciado: judíos, gitanos y negros. El segundo planificaba la germanización del Este europeo con eliminación de élites culturales. Los terceros muestran un pragmatismo que se comía cualquier teoría.
El caso valón y el francés: cuando la guerra manda
Los valones estaban en un segundo escalón. Por eso su legión no fue admitida en las Waffen-SS hasta junio de 1943. A los franceses les pasó algo parecido: hasta julio de 1943 combatieron encuadrados en la Wehrmacht, no en las SS. La realidad del frente obligó a los nazis a aceptar a cualquiera. La doctrina racial se convirtió en papel mojado cuando hacía falta carne de cañón.
Hay más contradicciones que desmontan cualquier relato limpio. Magda Goebbels era
Mischling judía de primer grado. Joseph Goebbels tenía una tara de nacimiento que, bajo la legislación eugenésica del régimen, le habría prohibido engendrar descendencia. Sus seis
hijos eran, según las leyes de Nuremberg,
Mischlinge de segundo grado y portadores de una tara hereditaria. Y sin embargo eran la
familia modélica del régimen. La ascendencia de ella se tapó oficialmente. De la cojera de él no se hablaba, aunque se viera a simple vista.
¿Cómo trataron los nazis a los negros y a los eslavos?
El trato fue desigual y no siempre siguió una lógica de exterminio. Los negros eran considerados subhumanos, pero la distancia geográfica los convertía en un problema menor. Hubo propaganda denunciando el trato aliado a las tropas coloniales mientras el régimen esterilizaba a los hijos de soldados africanos nacidos en Renania. En 1940, soldados senegaleses del ejército francés fueron ejecutados mientras sus camaradas blancos no lo fueron. En la batalla de las Ardenas, una docena de soldados negros estadounidenses fueron tratados con brutalidad extrema, algo que no se repitió con otros soldados aliados.
Con los eslavos el criterio era distinto: proximidad territorial y proyectos de germanización. Los bálticos tenían prevista la eliminación de sus clases cultas. A los valones se les quería asimilar, pero sin eliminar a su élite intelectual. A los franceses se les tenía más desprecio racial que a otros europeos. Y a los británicos se les consideraba parte de la misma raza que los alemanes, en contra de las teorías raciales tradicionales que los separaban.
El mito de la pureza aria y la familia Goebbels
La obsesión por la pureza racial convivía con excepciones flagrantes cuando afectaban al núcleo del poder. Himmler promovía unas SS de sangre supuestamente purísima, pero sin tradición aristocrática. La purga de las SA en 1934 y el ascenso de las SS indicaban una voluntad de construir una nueva aristocracia racial, ajena a los linajes tradicionales. La doctrina se adaptaba al capricho del que mandaba.
El dato que descoloca
Jesse Owens, atleta negro estadounidense, presumió toda su vida de haberse hecho una foto con Hitler en los Juegos Olímpicos y de que el líder nazi fue cortés con él. Al volver a su país, le prohibían subir al autobús. La anécdota no absuelve a nadie, pero ilustra hasta qué punto el racismo institucional del régimen era un instrumento político antes que una cosmovisión coherente. La jerarquía racial nazi existió, sí. Pero como existió: improvisada, contradictoria y siempre al servicio de la guerra.