Vinted y el filón de la ropa usada con gancho fetichista
El negocio de la segunda mano ya no va solo de ahorrar. En plataformas como Vinted se cuelan anuncios de prendas usadas —bikinis, lencería, ropa ajustada— fotografiados con un estilo que poco tiene que ver con la
moda y mucho con el escaparate. La paradoja es sencilla:
lo que se anuncia como ropa de segunda mano funciona como escaparate de algo más, y hay quien sostiene que ese es justo el negocio.
La mecánica no es nueva. Los catálogos de ropa interior de los ochenta y noventa cumplían la misma función para otra generación, y ahora el formato se ha digitalizado. El comprador tipo no busca la prenda: busca la foto. Y la vendedora lo sabe.
Qué se vende realmente en Vinted
El patrón se repite. Prendas que en una tienda pasarían desapercibidas se convierten en objeto de deseo cuando las lleva puesta alguien concreto, en una pose concreta.
El valor no está en el tejido, está en la puesta en escena. Hay quien lo llama fetichismo de segunda mano y quien lo llama, simplemente, marketing.
La discusión sobre si esto es zorreo o es estrategia comercial se resuelve sola: da igual. El resultado es el mismo. La prenda se vende, la plataforma cobra su comisión y el comprador paga por algo que no es exactamente la ropa.
El catálogo de los ochenta, ahora en el móvil
La comparación con los catálogos de lencería de hace tres décadas no es nostálgica, es estructural.
Aquella sección de ropa interior cumplía la misma función que hoy cumple un anuncio de Vinted: mostrar sin mostrar, insinuar sin vender sexo explícito. La diferencia es el alcance y la inmediatez.
Lo que antes era una página arrancada y escondida, hoy es un perfil público con cientos de seguidores. El anonimato se ha perdido y la escala se ha multiplicado.
Quién paga y por qué
El perfil del comprador no es el de alguien que necesita un bikini. Es el de alguien que quiere
ese bikini, el de la foto. La transacción es secundaria; lo que se compra es la fantasía de proximidad. Hay quien paga por la prenda y hay quien pagaría por quitársela a la modelo, como se comenta sin pudor en las conversaciones sobre estos anuncios.
El mercado, en cualquier caso, funciona. Y mientras funcione, seguirá habiendo quien cuelgue la prenda y quien puje por ella.
El negocio de la ropa usada como escaparate
Más allá del morbo, hay un dato económico que conviene no perder de vista:
la segunda mano ha dejado de ser una alternativa de ahorro para convertirse en un canal de exhibición. Las plataformas lo toleran porque les conviene. El tráfico es tráfico, y la comisión se cobra igual.
Lo que empezó como una forma de dar salida a ropa que ya no se usa ha derivado en un escaparate donde la prenda es la excusa. Nadie lo diseñó así. Pero así funciona.
¿Es esto zorrear o es simplemente aprovechar el mercado?