Frío en casa: butano a 12,5 € o humedad al 60%
Hay una escena que se repite cada invierno en media España: llegar a un piso que lleva un mes vacío, con seis grados en el termómetro y un 95% de humedad, y comprobar que ninguna calefacción convencional lo levanta en menos de dos horas. Quien haya pasado por eso sabe que el problema no es solo el frío: es la humedad, el precio de la
energía y la certeza de que el butano ya no es lo que era. La temporada de frío arranca con la misma pregunta de siempre, pero con una respuesta cada vez más incómoda: ¿cuánto cuesta realmente calentarse sin arruinarse?
Butano, parafina o pellets: la calculadora manda
La bombona de butano ronda los **12,5 euros**, según el dato que manejan quienes hacen números en voz alta. Una estufa de butano al mínimo consume unos **100 gramos por hora**, lo que da para **125 horas** teóricas, o unos **20 días a cinco horas diarias**. Traducido: calentar una habitación sale más barato que una caldera con radiadores, siempre que los términos fijos no pesen demasiado en la factura. El problema es que el butano calienta una estancia, no una casa, y en zonas húmedas rinde peor.
La parafina es otra historia. Su poder calorífico es enorme, calienta rápido y hay ofertas de segunda mano casi regaladas, pero el combustible es caro y se gasta a ritmo de bidón. Un bidón de 25 litros puede durar diez años si solo se usa para dar el primer calentón al llegar a una segunda vivienda. Para uso continuado, el cálculo se dispara: hay quien sostiene que la parafina sale al doble que el butano. Y todas las combustiones en interior comparten un problema que no se puede ignorar: **dióxido de carbono y agua**, además de olores.
Los pellets se han colado como tercera vía. Una estufa de 9,5 kW instalada en un salón de 100 metros cuadrados consume un saco cada casi dos días, encendida unas doce horas, con un gasto de **2 a 2,50 euros diarios**. La inversión inicial, con instalación, rara vez baja de los **1.500 euros**, lo que frena a quien vive de alquiler o en casa familiar. La leña sigue siendo más barata, sobre todo si se recoge en el monte, pero los pellets ganan en comodidad: limpios, temperatura constante y sin estar pendiente del fuego.
La humedad, ese factor que nadie mira
Aquí llega el giro inesperado. Varios testimonios apuntan a que la humedad relativa altera la sensación térmica más de lo que sugiere el termómetro. Un caso llamativo: una vivienda en Madrid que mantiene **23 grados** en el interior con el exterior a 2 grados, sin encender la calefacción más que esporádicamente, después de subir la humedad interior hasta el **60%**. Cuando la humedad baja al 50%, la sensación de frío aumenta. Parece contraintuitivo, pero quien lo vive lo defiende.
En el extremo opuesto, hay quien asegura que con humedades del **60-70%** y 14 grados en la habitación la rasca es insoportable. La conclusión que se repite: en zonas costeras húmedas, como Valencia o Murcia, ocho grados se sienten peor que dos grados secos en Cracovia. El deshumidificador se ha convertido en un electrodoméstico de culto, capaz de transformar una cueva en una casa habitable sin tocar el termostato.
El abrigo como sistema de calefacción
Mientras unos discuten sobre combustibles, otros han optado por la vía más barata: abrigarse. Calcetines con al menos un **10% de lana**, camisetas térmicas, forros polares, batas y mantas. La diferencia entre un calcetín de poliéster y uno con lana es, según quienes los han probado, abismal: el sintético suda y apesta, la lana transpira y calienta. Las plantillas térmicas de aluminio y carbón activado, por menos de tres euros, permiten incluso calzar zapato ligero en pleno enero.
Para dormir, el arsenal clásico: nórdico, dos mantas, bolsa de agua caliente y sábanas de tejido polar. La manta eléctrica de sofá se ha consolidado como solución de bajo consumo —unos **50W**— y coste contenido. El calientacamas eléctrico cumple la misma función en la cama: poca potencia, mucho confort.
El dato que descoloca
La conversación deriva hacia un asunto que nadie esperaba: la temperatura de confort se ha convertido en un marcador de clase. Hay quien vive a 23 grados sin encender nada porque los tubos de la calefacción comunitaria del edificio pasan al aire por su vivienda. Hay quien se despierta a 14 grados y lo considera normal. Y hay quien pone la calefacción a 25 en invierno y el aire a 20 en verano, con catarros crónicos como factura. La pregunta ya no es cuánto cuesta calentarse, sino cuánto estamos dispuestos a pagar por no sentir frío.