Coca-Cola a 2,17€ en Mercadona: así se descompone el precio
Una botella de Coca-Cola de dos litros a 2,17 euros. El dato, lanzado como denuncia en un foro de consumo, desató una tormenta de respuestas que en realidad hablaban de otra cosa: del impuesto a las bebidas azucaradas, de la diferencia entre marca y marca blanca y de hasta qué punto el precio de un refresco es un termómetro de la economía doméstica. La discusión arrancó con una comparación de precios entre un supermercado de barrio regentado por comerciantes de origen pakistaní —1,80 euros y fría— y una cadena de distribución, donde el mismo producto costaba 2,17 y no estaba frío. La conclusión del autor del mensaje era simple:
algo no cuadra cuando la cadena grande cobra más que el comercio pequeño.
El precio real: 1,80 euros según la aplicación oficial
La primera respuesta que llegó con datos fue la de un participante que decía tener instalada la aplicación de Mercadona en el móvil,
más que nada para comparar precios, y que aseguraba que la botella de dos litros estaba a 1,80 euros, mientras que el pack de dos salía a 3,44 euros, es decir, 1,72 por unidad. Este mismo participante añadía un detalle relevante: los precios de Mercadona son nacionales y no varían entre tiendas, según le habría confirmado un amigo que trabaja en la central de la compañía en Valencia. Con esa información sobre la mesa, la acusación de que el supermercado aplicaba un sobreprecio arbitrario quedaba en el aire, y el foco se desplazaba hacia otro sitio: el impuesto.
¿Por qué ha subido la Coca-Cola? El impuesto a las bebidas azucaradas
Varios participantes coincidieron en señalar el impuesto sobre las bebidas azucaradas y edulcoradas como el principal responsable del encarecimiento. Un mensaje lo decía sin rodeos:
buena parte de esa subida se debe al nuevo impuesto. Otro participante aportaba un cálculo orientativo: una lata de cola zero ya estaría en 0,75 euros por los impuestos, lo que llevaría el litro de Coca-Cola a rondar los dos euros. La reflexión que acompañaba ese dato era más amplia: si se quitaran los impuestos, el precio no llegaría ni a la mitad. La discusión derivó entonces hacia la estrategia de la propia marca. ¿Tiene sentido que una Coca-Cola cueste dos euros cuando la gente está ajustando el gasto? Un participante lo planteaba como un error comercial:
la gente es pobre, y a ese precio el consumidor se pasa a la marca blanca.
Marca blanca contra marca: la cata a ciegas del supermercado
La comparación de precios entre la Coca-Cola y las colas genéricas fue uno de los hilos argumentales más repetidos. Las cifras que se manejaron iban desde los 0,49 euros por dos litros de una cola de marca blanca hasta los 0,60 euros por una botella de litro y medio, pasando por los 0,50 euros que varios participantes citaban como precio habitual de la cola genérica de dos litros. La conclusión más repetida era que
el sabor es prácticamente idéntico. Un participante lo resumía con una fórmula que se repitió en varias respuestas: quien paga dos euros por una Coca-Cola teniendo la genérica a 50 céntimos está pagando sobre todo la marca. La discusión incluía también una dimensión práctica: la Coca-Cola, decía un participante, sirve igual para desatascar un tubo que cualquier limpiador específico, y sale más barata.
La adicción reconocida: azúcar, edulcorantes y aspartamo
Uno de los giros más interesantes de la conversación llegó cuando varios participantes admitieron su propia dependencia del producto.
Me encanta, soy adicto, escribía uno. Otro reconocía haber intentado dejarlo al descubrir la cantidad de azúcares que lleva, haber caído después en la versión zero y haber concluido que los edulcorantes probablemente sean peores. La idea de que la fórmula está diseñada para enganchar apareció en varios mensajes, y un participante lo atribuía directamente a que
le echan droga para enganchar al personal. El aspartamo fue mencionado como motivo de preocupación por al menos dos participantes, uno de los cuales se preguntaba abiertamente si la versión sin azúcar no sería peor que la original.
El supermercado como campo de batalla social
Más allá del precio, la discusión derivó hacia el trato recibido en el establecimiento. Un participante describía una discusión con una empleada al inicio de la pandemia que acabó en reclamación formal y en la decisión de no volver a comprar en esa cadena. Otro criticaba que la cajera apenas le mirara a la cara. Y un tercero ironizaba sobre la composición del personal:
es curioso que no haya personas mayores trabajando en ese supermercado, lo que a su juicio sugeriría que a partir de cierta edad se prescinde de ellos. La conversación también tocó la presencia de personas pidiendo en la puerta del establecimiento, con posturas que iban desde la incomodidad hasta el análisis de la economía sumergida, y que en ningún caso llegaron a un consenso.
La estrategia de la marca: neveras, bares y competencia desplazada
El último tramo de la discusión se centró en cómo Coca-Cola mantiene su posición dominante. Un participante recordaba que la compañía fue durante años
la empresa más rentable del mundo, con márgenes en torno al 50%, y atribuía ese resultado a dos prácticas: desplazar a la competencia de los lineales y subvencionar a los bares con neveras y mobiliario para que solo compren a su embotelladora. Otro participante rebatía ese punto: es Pepsi la que regala neveras, y en muchos bares solo hay Pepsi. La discrepancia quedó sin resolver, como casi todo lo que se discute cuando el precio de un refresco se convierte en un asunto de política económica.
Al final, la pregunta que planea sobre toda la conversación no es cuánto cuesta una Coca-Cola, sino cuánto de ese precio es impuesto, cuánto es marca y cuánto es costumbre. Y si el consumidor está dispuesto a seguir pagándolo.