La nueva cruzada cívica: patrullas para que los niños no jueguen al fútbol en la playa
La medida ha llegado a Cádiz y no ha tardado en levantar ampollas. Mientras unos aplauden el fin de los pelotazos entre toallas, otros ven en la ordenanza una deriva autoritaria que convierte la arena en un museo. El balón, en el centro de la polémica.
La playa es pública, dicen los defensores de la prohibición, pero el civismo también. Un bañista tiene derecho a leer en paz sin esquivar un esférico. El problema, sin embargo, no es el fútbol, sino la falta de zonificación. En lugar de acotar espacios para cada actividad, la solución pasa por la prohibición total y una patrulla que vigila.
Ya están prohibidas las bicis, las palas, bañarse con bandera roja. La lista crece. Y con ella, las sospechas de que la vigilancia persigue más la recaudación que la convivencia. Hay quien ve en la decisión una oportunidad para la discrecionalidad municipal, cuando no directamente para la mordida.
El ayuntamiento tiene la potestad, sí, pero la pregunta es si debería usarla para expulsar a los niños de la arena. A este paso, el próximo verano habrá que pedir permiso para hacer castillos. O licencia para la pala.