Lopburi captura 73 monos de los 2.500 previstos para vaciar las calles
Lopburi, ciudad del centro de
Tailandia, convive desde hace al menos una década con una colonia de macacos que se ha hecho dueña de calles, plazas, monumentos y zonas comerciales. El último recuento oficial habla de unos
3.000 ejemplares correteando sin control. El gobierno local ha presentado un plan para capturar a unos 2.500 y confinarlos en grandes recintos cerrados. La cifra no es un redondeo: es el objetivo declarado por el director general del Departamento de Parques Nacionales, Fauna Salvaje y Conservación de Plantas, Athapol Charoenshunsa.
La paciencia se agotó en marzo, cuando una mujer se lesionó la rodilla después de que un mono le tirara de los pies para robarle comida, y otro hombre fue derribado de una motocicleta por un mono hambriento. Los animales, lejos de ser pacíficos, acosan a peatones y les arrebatan comida y enseres. La indignación pública creció hasta forzar la intervención.
Objetivo: 2.500 monos capturados y una ofensiva de mayo
Entre el 23 y el 28 de mayo se lanzó una ofensiva para capturar 300 monos y esterilizarlos. El objetivo anual es atrapar a 2.000 y enjaularlos lejos del centro urbano. Hasta la fecha de los datos disponibles,
solo se habían capturado 73. La diferencia entre el plan y la ejecución es, por decirlo suave, notable.
El pulso entre autoridades y primates tiene una capa cultural que complica cualquier solución. Los macacos son un símbolo local y una atracción turística. En Lopburi hay una estatua de oro gigante de un mono en la estación de tren, y los animales se reúnen en un templo budista donde los monjes les cortan fruta fresca, centenares de kilos. Cerca hay un templo derruido que funciona como cuartel general de las pandillas. A los visitantes se les entrega una vara de bambú para defenderse, porque en grupo se lanzan encima y solo puedes dar varazos o acabas mordido.
De la veneración al bastón: el negocio turístico del mono
El relato de un viajero que estuvo en Lopburi hace veinte años describe la escena sin adornos: llegas allí con espíritu buenista, el encargado te da el ticket y el palo, preguntas para qué es y te responde que para zurrarles. Una hora después estás quitándote monos de encima a bastonazos. Al otro lado de la calle, los budistas los alimentan con la mejor fruta fresca en templos dorados, como a divinidades. La contradicción es el corazón del problema:
venerados y apaleados en la misma acera.
El turismo que durante años ha explotado la estampa exótica es el mismo que ahora exige solución. Hay quien sostiene que la única salida es el exterminio puro y duro; otros apuntan a la esterilización masiva como mal menor; y no faltan los que señalan que el conflicto es una consecuencia de la propia gestión urbana. Un análisis que circula sostiene que antes los animales comían en vertederos y basureros, y que al quemarse la basura en incineradoras han seguido la cadena alimenticia hasta el hombre: si no se les alimenta, piden la comida a quien la genera.
Qué se puede aprender del caso para otras ciudades
La comparación con otras latitudes aparece de inmediato. En algunos países de Asia Central, según el relato de un residente, la gestión de perros callejeros se resolvía con un protocolo simple: alguien llamaba a las autoridades, las autoridades llegaban, disparaban con rifles, retiraban los cadáveres. Todo rápido. En Europa, el debate se traslada a las palomas y a la fauna urbana que campa por plazas y parques sin que nadie asuma el coste de gestionarla.
El caso de Lopburi es un experimento involuntario de convivencia entre una especie protegida por la cultura y una población que ya no la tolera. La pregunta no es si los monos se irán, sino cuántos años y cuántos presupuestos harán falta para que el plan de captura deje de ser un titular y se convierta en una calle transitable. ¿O es que alguien cree que 73 capturas son el principio de algo?